San Martin 30/02/2026 CARLOS FEDERICO MAMANI, JAMAS FUE UNA PERSONA INOCENTE PRIVADA DE SU LIBERTAD POR…
“A mí me gusta mucho ayudar a la gente, no me importan las banderas políticas”
Olga Beatriz González fundó hace más de diez años el comedor “La Kasa del Pueblo”, ubicado en la avenida Arturo Illia 1656, en el partido de San Martín. Todos los días más de cuarenta personas almuerzan y cenan en ese espacio, que también sirve de refugio para personas en situación de calle.

“Desde chica me conmovía todo. A los niños que vendían en la calle porque eran pobres, los llevaba a mi casa. Mi mamá me retaba: ‘hija esto no es la casa del pueblo’, y yo por dentro decía ‘algún día voy a tener la casa del pueblo’. Y acá esta”, cuenta Olga sobre su anhelo hecho realidad. “Antes era con la C pero desde que conocí a Néstor Kirchner lo cambié, aunque la sentí más a Cristina”, detalla.
Olga sufre mucho la situación que se vive en el país, donde el índice de pobreza supera el 40%. “Me duele porque hay mucha necesidad. Quisiera que esta casa se levante mucho más. Cuando llegamos estaba destruida, nos ayudó mucho Argentina Trabaja, con las cooperativas se levantó todo”, explica Olga en referencia al programa creado en agosto de 2009, durante la gestión de Cristina Fernández, y que implicó la conformación de cooperativas de trabajo.
“Yo desde chica siempre fui feliz viendo la alegría de los chicos. En un momento fui a una psicóloga y ella me decía: ‘¿Cuándo vas a saltar la ventana? ¿Cuándo vas a ser feliz vos? A vos te gusta ver la felicidad a través de una ventana, tenés que saltar.’ Pero mi felicidad era esa, a mi forma soy feliz. No era que no la saltaba, la saltaba y bien”, confiesa Olga con lágrimas asomando en sus ojos. “A mí me gusta mucho ayudar a la gente, no me importan las banderas políticas, yo no le pregunto a nadie qué bandera tiene para darle un plato de comida. La necesitas, pasá. Yo voy al corazón. Dicen que soy de otro mundo”, expresa.
Mientras Olga dialoga con Zorzal Diario, varias personas de la organización social Movimiento Evita realizan una jornada solidaria para la limpieza y reordenamiento de “La Kasa del Pueblo”. Olga está en una posición estratégica: sentada en un tronco junto al conteiner. Desde allí chequea y revisa todo lo que se tira, cosas que fue juntando o le han traído. Cuando alguien va a tirar algo Olga lo detiene para revisarlo. Hay de todo: bolsas con artefactos eléctricos, impresoras, maderas, muebles, ropa, papeles, bolsas llenas de objetos variados, que Olga cree poder recomponer para volver a usar. Su espíritu solidario entiende que todo sirve para los que nada tienen.
Olga guarda como un tesoro uno de sus recuerdos más entrañables, y que la marcó para siempre. “Me acuerdo que Perón con Evita pasaron por mi escuela, la Nº39, que queda frente a las vías del Mitre, antes de llegar a San Andrés. El tren en el que venían paró para que nos saluden. Yo estaba en 1º superior. Me acuerdo que le dije a mi madre: ‘Mamá, el hombre que me agarró en brazos tenía todos pozos en la cara’”. Era Juan Domingo Perón. “Ellos me dieron mis primeros juguetes. A mi casa traían bonos, que cambiábamos en el correo y nos daban muñecas. Cuando crecí me di cuenta de toda la ayuda que habían dado y, te soy sincera, me quería parecer a ellos, quería tener esos valores, hacer lo que ellos hacían.”
Olga vivió de cerca la historia del país, cada suceso importante de su vida está ligado a algún hecho fundamental de la historia argentina: “Mi papá, cuando llegó del campo, se puso a trabajar en los tranvías. Yo era chiquitita pero me acuerdo del 16 de junio del ‘55, cuando los militares bombardearon Buenos Aires. Una bomba mató a todos los que viajaban en el tranvía, y mi papá se salvó porque ese día le había cambiado el turno al compañero, que murió”.
Se acercan las fiestas y Olga prepara su gran noche junto a los niños: “Me siento feliz cuando en Navidad me disfrazo de Papa Noel y reparto todo lo que junto por las casas. Desde chica lo hago. No tenía ni 20 años y le pedía a los bomberos que me lleven a la villa, compraba caramelos y los repartía. Ahora junto todo el año juguetes para diciembre, ya tengo un montón. Arriba en la terraza pongo los tres reyes magos, y acá viene la autobomba y reparto todo”
Una mujer se acerca a mostrarle un viejo armario podrido por la humedad. Olga lo mira y da el visto bueno. El armario es lanzado hacia el conteiner.
-¿La tele esa anda?- pregunta un hombre.
– Todas las televisiones andan. Sabes las que hemos regalado, en colores son todas- responde Olguita, como le dicen todos.
“Abandoné todo por esto, por estar siempre al lado de la gente. Viví para ellos y sigo. Mi familia no quería que yo hiciera esto, me echan en cara que siempre dé todo para los demás. Le dedique más tiempo a toda la gente que a mis tres hijos. Estaba loca y sigo loca, dormí dos años en ese sillón, para estar acá, más cerca de la gente”, cuenta Olga mientras la lagrimas brotan de sus ojos.
La vida por Perón
Mientras evoca recuerdos, su memoria le tiende trampas, la somete a enredos. “Un merengue tengo”, dice y ríe con sus ojos brillantes, cristalinos. “Estuve en Ezeiza en el ’73, cuando vino Perón. Fuimos un día antes, hicimos campamento, guitarreada, fiesta, alegría, la espera. La noche anterior en las ambulancias llevaban las armas y las metieron abajo del escenario. Había una puja entre montoneros y la derecha sindical. Osinde fue la equivocación más grande que tuvo Perón, al haberlo puesto al frente de la seguridad. Pero no teníamos miedo, tiraban tiros de los árboles y nosotros cantábamos: ‘La vida por Perón’, nos pasaban las balas por al lado: ¿cómo es que no teníamos miedo?”, se pregunta sin encontrar respuesta.
Los recuerdos surgen, y Olga relata: “Estuve en la muerte de Perón también. Estuve dos días pero no lo pude ver. Llovía, horrible con frío, durmiendo en el suelo. Decían que traían bombas en las coronas, te reprimían. Entonces me volví a mi casa, llegué y miré la televisión y me dije: ‘¿qué hago yo acá?’. Me puse un tapado y me fui otra vez.”
Sobre el final, Olga narra una anécdota de ese mismo día que la pinta de cuerpo entero: “Cuando bajé en Retiro sentí que me silbaban. Era un muchacho de la guerrilla, del ERP. Venían desde el norte y habían robado el tren. Me agarraron de guía. Me decían que tenían hambre, así que entré en un kiosco y compré las galletitas mas baratas. Había ido con el chico que me chifló, Guillermo se llamaba. Después con el tiempo supe que lo habían fusilado. Antes había otra mística, la gente se mataba, decía: ‘La vida por Perón’, y daba la vida por Perón. Pero no por él, sino por lo que hacía, por Evita”.


