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A Úrsula la mató la policía
Hoy las 17 hs salimos a pedir justicia en todos los tribunales del país.

A Úrsula Bahillo la mató la policía: de eso no tengo dudas. Su ex pareja, Matías Martínez, pertenece a la fuerza de seguridad bonaerense.
“La mató la policía”. Por muchas razones, esa combinación de palabras no sorprende.
Úrsula tenía 18 años y había realizado 18 denuncias por violencia contra el femicida. Pero no alcanzaron, como tampoco alcanzaron las declaraciones de amigas y familia alegando cómo Martínez rompía la medida de restricción perimetral.
No alcanzaron los pedidos de auxilio de Úrsula, porque la última vez que estuvo en la comisaría le dijeron que no trabajaban los fines de semana. Y porque el botón antipánico que pidió llegó tarde. Demasiado tarde.
No alcanzó, porque el juez le dio carpeta psicológica al femicida, dejándolo en libertad. El juez también es responsable. Un juez que con esa decisión, también la violentó.
No alcanzó y no alcanza, porque desde hace demasiado que la policía bonaerense, misógina y asesina, actúa sin ningún tipo de escrúpulo. ¿Existirá alguna vez un responsable político que la transforme desde sus entrañas? Hasta ahora no.
Lamentablemente, los femicidios son moneda corriente. De acuerdo al observatorio de las violencias de género “Ahora que sí nos ven”, en lo que va del 2021 ya hubo 38 femicidios. ¿Cuántos se podrían haber evitado?
¿Cuántas mujeres, compañeras, después de juntar las monedas para pagar un remís y acompañar, a cualquier hora, a otra mujer a hacer la denuncia; llegan a la comisaría para chocarse con un mar de “peros”?
Pero tenés que ir a la comisaría de la mujer para esto. Acá no te podemos tomar la denuncia.
Pero ¿por qué volviste con él?
Pero sos vos la que tiene que llevar los papeles a la fiscalía.
Pero si te rompió un brazo es un delito menor.
Pero bueno, algo habrás hecho.
¿Y ahora? ¿De quién es la culpa? Sí, del femicida hijo sano del patriarcado. Sí, de la Justicia misógina. Sí, de la policía. Sí, sí, sí. Y de un Estado que aún no tiene el coraje necesario para transformar un poco, al menos un poco, lo que todos los días nos mata. Una mujer muere en manos de la violencia machista cada 23 horas. Jueces, fiscales, ministros, gobernadores: ¿Cómo se levantan todos los días sabiendo que una mujer está siendo asesinada por su desidia?
Lo que faltan son ovarios, muchos ovarios, para pensar políticas integrales reales de prevención y de acción sobre estas situaciones. Y para que las leyes que nacieron del dolor de otros femicidios -como la Ley Micaela- sean implementadas para todos los agentes del Estado. Porque el femicidio de Micaela García también se podría haber evitado.
Necesitamos que las compañeras dejen de ser las oficinas de políticas de género abiertas las 24 horas. Necesitamos que sea el Estado quien tome en serio la vida de miles y miles de mujeres, que vivimos cada segundo de nuestras vidas con miedo a que nos maten. ¿Quién nos cuida si no?
En su lugar, vivimos en una realidad donde prácticamente todas las herramientas de cuidado y protección que tenemos las mujeres, las hicimos nosotras mismas: una red, un colectivo, que tuvo que crear observatorios, líneas de acompañamiento en situaciones de vulnerabilidad, leyes que contemplen nuestras necesidades. Tuvimos que transformar nosotras mismas una realidad que nos denostaba constantemente. Por el sólo hecho de ser mujeres.
A Úrsula la condenó el Estado con sus políticas ineficientes. La condenó la Justicia dándole pase libre a su femicida, y desestimando las más de 18 denuncias. La condenó -¿cuándo no?- la policía bonaerense, encubriendo al violento y disparando contra una comunidad destrozada. Y así nos siguen matando a todas, cada día.
Lo que se siente es abandono y desilusión. Y lo que se exige es igualdad de derechos. El mismo derecho que tienen los varones, de simplemente vivir.
El hartazgo no entra más en nuestros los cuerpos. Justicia para Úrsula, sería que el Estado no abandone más a quienes piden ayuda desesperada. Y sería honrar lo que ella misma expresó: “Espero ser la última”.

