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El juego de la realidad

El escritor, editor y periodista uruguayo, Diego Recoba, estuvo en Argentina y visitó la redacción de Zorzal Diario. Conversamos sobre sus novelas, el rol del periodismo y la literatura, las tensiones y discursos que nos atraviesan y como narrarlos, la delgada frontera entre la ficción y la vida. ¿Cómo es querer ser escritor y nacer en un barrio de la periferia?

– ¿Por qué te decidiste a ser periodista?

De pibe mi sueño era ser periodista. En mi casa no había libros, pero mi padre compraba tres o cuatros diarios por día. Yo aprendí a leer con diarios, ni siquiera con libros infantiles. Lo leía todo, hasta las noticias de turf, los editoriales de política, no entendía nada, no sabía ni quienes eran, pero aprendí leyendo eso. Por eso mi familiaridad tiene que ver con el discurso periodístico. Pero en ese momento no me gustó la facultad, así que dejé, me anoté en Letras y me empecé a dedicar a los libros. Pero es increíble porque, aunque vos no lo quieras terminas llegando a donde tenés que llegar. Así fue que empecé a escribir sobre libros en La Diaria que es un medio cooperativo que recién había surgido en Uruguay. La primera nota que presenté fue sobre Rodolfo Walsh. Les gustó y ahí arranqué. Al tiempo quedó una vacante en política y estuve un año y medio. Ahí aprendí a escribir, porque trabajé en redacción con los tiempos que se manejan ahí. No había una cuestión de pensar, como cuando yo escribía sobre libros, que meditaba, me tomaba mis días. Ahí eran muy acotados los tiempos. Pero en un momento me cansé y tampoco cobraba muy bien y me salió otro trabajo y me fui, pero seguí escribiendo siempre sobre libros y cultura hasta hoy. Lo periodístico siempre esta.

– ¿Qué diferencias encontrás entre lo periodístico y la ficción?

-En mis libros quise jugar con eso, que no haya diferencia. No se… la ficción tiene un compromiso con la imaginación y el periodismo con la verdad. Un poco quiero difuminar eso. Quiero escribir sobre mí, pero a la vez meter un montón de mentiras, hacer un discurso periodístico pero que a la vez sea todo imaginación, que en la imaginación haya verdad. Me interesa jugar con esas diferencias. Ya todos sospechamos, nos damos cuenta, de que el discurso periodístico no es una verdad absoluta, estamos entendiendo que es una subjetividad, y es una construcción también ficcional.

-Puede tener un dato que esté anclado en la realidad, pero eso no significa que sea verdadero.

-Totalmente, es un recorte. Por ejemplo, cuando a veces doy un taller, siempre me gusta trabajar con el tema de la fidelidad. A la pregunta de: ¿cuál te parece de todos los registros que genera el ser humano el más fiel? Por lo general muchos me dicen la foto. Y ahí pregunto: ¿alguien tiene idea que había en lo que quedó fuera del encuadre? ¿Por qué la persona eligió encuadrar esto y no lo otro? Por más que sea una imagen fiel, es un recorte. Y en el recorte hay subjetividad, en el recorte hay ficción. De todo lo que es la realidad se muestra un recorte y ahí se puede mentir, se puede engañar. Entonces, hasta lo que uno cree que es lo más fiel posible, la foto, también es un recorte de la realidad que hace alguien. Es el momento de renunciar a la fidelidad. La única fidelidad es la del artista con su subjetividad. Lo que está diciendo el fotógrafo es “yo te quiero contar esto”. Renunciemos a “esta es la realidad”. Es donde se está poniendo el foco, quiero que mires esto como lo miré yo, pero no deja de ser un recorte subjetivo.

-Blanquear cuál es el juego.

-Los periodistas de derecha siguen creyendo en la fidelidad y en la objetividad del periodista, y lo otro les parece que es periodismo militante. Pero lo que intentan es desideologizar el discurso. Al haber un recorte hay ideología. Todo es un recorte, todo es ideología, y es fiel. Pero fiel ideologizado. No creo que ficción sea invención pura, discurso autobiográfico realidad pura. Obviamente la cantidad de trampas y mentiras que hago en los libros no las hago en el periodismo. En los libros cuento mi vida y si tengo que mentir sobre una cosa que es real, miento. Mi madre lo lee y dice: ¿esto cuándo pasó? Nunca, lo inventé. Porque quizá a veces lo que yo recuerdo que es real es mentira también. Juego con eso. Pero nunca lo haría en una nota. Yo quiero creer que cuando la gente abre un libro sabe que estas jugando.

-En la historia de Locas Pasiones parece no haber transiciones, a diferencia de El Oso donde aparecen grandes transiciones entre los relatos, ¿fue una evolución en tu escritura?

-En mi casa no había libros. Pero es mentira que si no hay libros no hay narrativa que te eduque, hay otras. Me eduqué con la narrativa de los diarios, la narrativa oral de mi familia. La narradora de Locas Pasiones en mi madre, la forma en que habla, irse por las ramas y abrir otra y abrir otra. Esa es la narrativa de mi madre, que me formó, las otras son las películas de acción, que pasaban en la tele, que también está en el libro, y los video juegos. ¿Por qué yo haría un libro con una narrativa literaria si a mí no fueron los libros los que me formaron? Me formaron las películas de acción, los relatos orales y el periodismo. A veces los escritores tienen tantas reglas para escribir que terminan siendo una carga y generan bloqueos. A la hora de crear, los mandatos no te sirven. Yo no sé qué es una novela y mi forma de saber es hacer novelas. Son estudios, estoy probando. Quizá el salto entre una y otra es enorme. Me estoy haciendo preguntas todo el tiempo y mi forma de responderlas es editando novelas. Hay gente que se las responde antes de editar un libro, yo me las respondo haciendo. No me trauma si el libro no sale bien, o a la gente no le funciona.

-Tenés que tener claro lo que te gusta o lo que buscás.

-Los procesos artísticos no son sólo cerebrales. Hay una idea de que la literatura surge en el cerebro y en verdad hay que volver a conectar con el cuerpo. Si te vas familiarizando con las cosas que te pasan cuando escribís, creo que llegas a una forma que decís esto es lo que me hace bien, va en el cuerpo. Yo no soy muy de corregir.

– ¿Cómo trabajás?

-Por ejemplo, con Sobredosis, para doscientas páginas escribí quinientas. Necesito empezar y ahí va saliendo. Surge de la fuerza del trabajo lo mío. Lo que quiero hacer me tiene que encontrar trabajando, en actividad, por eso lo del cuerpo. Al principio empiezo a escribir medio fastidioso, después me empiezo a sentir bien y digo: “bueno debe ser por acá”. Hay algo que pasa en el cuerpo. Después corrijo poco. Eso sí es un proceso mental y no le quiero meter tanto de eso a los libros, quiero que tengan sangre y que tengan mugre, esas cosas. La literatura actual es muy lavada a veces, muy perfecta. Hay gente que dice: a esta novela no le sobra una coma. Yo no quiero que no le sobre nada, sino es una cosa de museo.

– En tus últimos libros hay más exposición también, ¿cómo fue ese cambio y ese animarse?

– Me empecé a dar cuenta de que me sentía más cómodo cuando me hacía menos trampas, no solo con la literatura sino también con el periodismo. En Uruguay hay una idea de que cuanto más tercera persona y cuanto menos rastro de autor tiene una nota mejor. Como que bajó un ente y escribió la nota. No me gusta cuando los que escribimos nos ponemos por delante de la noticia. Eso no, pero para mí tiene que haber un rastro autoral.

– Para blanquear el recorte…

-Claro. Si me hacés un recorte, por un lado, pero me eliminás al autor, no entiendo nada, ¿Quién hizo el recorte? ¿El medio, el periodista? ¿Hay periodista? Me empezó a molestar mucho eso, no sólo leyendo, sino que lo hacía yo también. Como poniendo máscaras y las cosas no solo quedan frías sino desideologizadas. Me molesta leer en las novelas, en Argentina pasa menos, en Uruguay pasa mucho: que no hay lucha de clases, no hay una relación con el contexto socioeconómico, no les falta plata para el boleto, para pagar las cuentas, son como entes. Para mi desideologiza, no hay ningún tipo de conflicto entre patrón y empleado, hombre y mujer, pobre y rico, joven y viejo. Todo el tiempo estamos atravesados por esas tensiones. Estaba un poco cansado de eso y me di cuenta que había que poner más el cuerpo y dar más la cara. Estamos en un momento histórico en que todos los que generamos discursos tenemos que dar la cara. Poner el cuerpo, mostrarme como soy. Si tengo tensiones, en lugar de anularlas mostrarlas: si querés juzgarme, juzgame. Igual lo vas a hacer, sobre todo en Uruguay. De alguna forma de la otra parte también espero lo mismo: si yo me desnudo, como lector vos también lo tenés que hacer.

– Vas a tocar fibras intimas, ¿te llegan respuestas de la gente?

– Si, me llega de un montón de gente. Me pasó que me di cuenta que los procesos de memoria son colectivos. Cuando iba a los bares y le contaba a la gente que estaba escribiendo sobre el disco de Karibe con K, me paso que ante determinado hecho, había diferentes versiones. Lo habían vivido bien distinto. Ahí fue que me di cuenta de cómo tenía que escribir ese libro, yo no podía decir como habían sido las cosas, podía contar mi versión. Cuando además yo no las viví, porque este disco es del año ’89, tenía ocho años, a los bailes no iba. Entonces tuve que hacer mi nudo que después iba a dialogar con otros. Mi ladrillo de la pared. Hay gente que después de leerlo me dijo: “me dieron ganas de escribir mi versión de la historia”. Un poco me parece que hay que volver a que las obras de arte sean eventos sociales y colectivos, y no piezas de museo, que tienen que ver con una relación con la comunidad. Recuperar lo que en un momento fue el libro. Muchas historias son recuerdos de lo que alguna vez alguien me contó.

 -Te criaste en Nuevo Paris, un barrio periférico de Montevideo, parecido a lo que acá llamamos conurbano, donde está San Martin, ¿Sentís que eso está plasmado en tu literatura, tratar de hacer centro tu lugar, tus historias y romper esa relación que te ubica en la periferia por no pertenecer a ese centro?

– Totalmente, no podemos escribir como si fuéramos noruegos. Vivimos en Sudamérica. Es parte de ser conscientes del juego de hegemonías y relaciones de poder. Donde yo me crié siempre la jerarquía venia desde arriba, el arte venia desde arriba, nos traían arte al barrio, el discurso era, y hoy lo siguen diciendo y me parece más lamentable: “Llevar la cultura a los barrios”. Cómo me molesta eso, ¿Qué no tienen cultura los barrios? Menos mal que a la Intendencia se le ocurrió llevarla porque si no los barrios no tienen cultura. ¿Qué significa esa noción de cultura? Todo el tiempo hay una cuestión de hegemonías. Yo quiero seguir teniendo con mis vecinos una relación de horizontalidad. Mis tres novelas transcurren en Nuevo Paris, que es algo raro en la literatura uruguaya, no existe. La cuestión no es enfrentarse al centro, o al menos no perder la energía en eso, sino crear nuestro centro. Si creamos nuestro centro, el centro de ellos va a ser periferia.

– ¿Tiene que ver esto con romper la frontera entre el arte y la vida?

-Quienes dijeron arte y vida están separados eran gente que pertenecía a la hegemonía, la clase dirigente de todos los lugares. ¿Por qué nosotros vamos a seguir reproduciendo eso? Mis libros están mal vistos en Uruguay por la hegemonía literaria, les molesta, la academia no los termina de entender. Son libros menores. Hoy, desde la trinchera que nos tocó, en este caso escribir libros, tenemos que combatir no reproduciendo el mismo arte. No necesitamos que nos den el permiso, escribimos los libros que se nos cantan. No podemos seguir orbitando en esos centros de poder para los cuales no voy a dejar de ser un pibe pobre de Nuevo Paris.

– ¿Sirve para algo escribir?

-Elijo creer que sí, que sirve para algo, porque me da mucho terror volverme un cínico. Prefiero pasar por ingenuo. Si escribo que valga la pena, que cambie algo. Tiene que servir, quiero que sirva. La derecha nos ha hecho creer que no sirve lo colectivo, que no sirve el arte. Esta es mi forma de decir que si, que importan los discursos y la ideología, importa leer.

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