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POHÂ ÑANA: UNA CRÓNICA DE PLANTAS DE MUJERES MIGRANTAS DEL PARAGUAY

“El proceso de escribir los relatos costó bastante, pero fue hermoso, porque había compañeras que hace años no escribían ni dos carillas. Que no se creían en condiciones de escribir o sentirse escritoras”, empieza Tere. “Una de las chicas me decía, ‘¿a quién le puede interesar esto?’ y yo le respondía que sí, que interesaba, ¿cómo qué no?”.

En el 2019, Teresa Pérez empezó a dar clases de biología en el Barrio Los Eucaliptos, en José León Suárez, en el marco del plan FinEs. Ahí conoció a un grupo de doce mujeres migrantas que vinieron de Paraguay en los últimos diez años. Cuando comenzaron las clases empezaron a buscar una manera de vincularse entre ellas, de armar una “grupalidad de mujeres” dentro del aula y, en las clases de biología, mientras hablaban acerca de las plantas que conocían e intercambiaban saberes, comenzaron a vincularse entre ellas -y junto con las plantas-, a rememorar historias: empezaron a unir sus raíces.

En un aula de la capilla San Blas en el Barrio Eucalipto, improvisando una mesa con una puerta sobre unos caballetes arrancaron las clases. “Empezamos a hacer un proceso que también tenía que ver con reconocer los saberes propios. Porque yo me veía dando biología y, al mismo tiempo, sabía que ahí había un montón de mujeres con conocimientos de plantas, muchos más de los que podía tener yo capaz”, comenta Tere.

“Empezamos a hacer un proceso que tenía que ver con reconocer los saberes propios. Yo me veía dando biología y, al mismo tiempo, sabía que ahí había un montón de mujeres con muchos mas conocimientos de plantas de los que podía tener yo capaz”

La mayoría de las mujeres que estaban tomando las clases venían de zonas rurales del Paraguay, donde habían plantado mandioca o maíz. “Empezamos a recuperar saberes sobre plantas medicinales y alimentos, y la vinculación entre ellos” afirma Tere.

A medida que los conocimientos fueron circulando, lo que empezó a aparecer a través de las plantas fue toda una historia cultural. “En Paraguay hace mucho calor. Entonces, en sus infancias jugaban alrededor o debajo de los árboles, o se subían a ellos para comer los frutos. Una de las chicas contaba, por ejemplo, que robaba los choclos de la chacra de su papá y ésas eran sus muñecas: les ponía hebillitas, las llevaba a dormir, las hacía hablar. Dependiendo el color del choclo, era el color del pelo y del personaje. Otra recordaba cuando menstruó por primera vez, y su mamá le dió plantas para aliviar el dolor. Eso es lo que tomó el resto de su vida para calmar esas dolencias.”.

Tere nos cuenta que, en ese momento, la propuesta se transformó: “Cada una de las chicas tenía que elegir una planta que representara su historia personal, su vida, y que tuviera que ver con algo de Paraguay y algo de acá al mismo tiempo. Una planta que acompañe a cada una en su proceso migrante”.

Así fue como Blanca Gonzalez, Elvira Silvero, Deolinda Paniagua, Catalina Rivero, Gloria Lecoque Silvero, Floriana Sanchez, Rosana Patiño, Nidia Aranda, Lilian Fernandez y Francisca Vallejos comenzaron a elegir sus plantas.

“Cada una de las chicas tenía que elegir una planta que representara su historia, y que tuviera que ver con algo de Paraguay y algo de acá al mismo tiempo. Una planta que acompañe a cada una en su proceso migrante”.

“Lo que comenzó a gestarse tenía que ver con recuperar memorias simbólicas, visuales”, comenta Tere. “Con el tiempo nos dimos cuenta que cuando ellas fueron viniendo, también trajeron las plantas para acá”. Junto con la planta elegida las mujeres tenían que llevar también una rama para construir un herbolario en la clase. “Esto era parte de la materia. Ahí empezaron a descubrir que había un montón de vecinos que tenían guayabas, maracuyá, caña de azúcar… que tenían plantas que habían traído desde el Paraguay, y las habían plantado ahí en el barrio”.

El próximo paso para estas mujeres, fue escribir sus historias personales con cada una de las plantas elegidas en pequeños relatos que las contaran.

ESCRIBIENDO LAS RAÍCES

Una vez que los relatos estuvieron escritos a mano, el desafío fue pasarlos a computadora.

“Preguntamos cuál de las chicas tenía compu, y había dos compañeras cuyas hijas tenían una de la escuela”, cuenta Tere y recuerda que “se sumaron entonces Sofi y Jeni, que tienen más o menos 12 años. Nos ayudaron durante 3 clases a pasar las historias de todas. Fue un proceso súper hermoso porque ninguna de las chicas había escrito antes en Word, y las hijas se encontraron ayudando a sus mamás y compañeras”.

Pero aún quedaba por recuperar las imágenes de ese Paraguay. Fue en ésta instancia cuando Tere y sus compañeras descubrieron que muchas mujeres son artesanas, pero habían perdido su oficio cuando migraron. “Quisimos ilustrar los relatos recuperando algunos trabajos de artesanía del propio Paraguay, que tiene muchísima historia en bordado, en trabajo artesanal en madera y cuero, y en grabado”.

Con esa idea en mente las chicas se contactaron con el taller de grabado y colectivo gráfico “Fábrica de Estampas”. “Ahí pudimos ilustrar nuestras estampas. Cada una talló su propia madera e hizo un grabado sobre su cuento”.

Listas las historias y los dibujos, lo que faltaba era la posibilidad de editar todo el material junto. Como Teresa trabaja en el proyecto de investigación-acción-participación “Migrantas en el Reconquista”, que depende de la Universidad de San Martín, se dio la posibilidad de editar un libro. “La Universidad permitió que el libro se imprima, y se difunda mucho más como producto”.

“Quisimos ilustrar los relatos recuperando algunos trabajos de artesanía del propio Paraguay. Cada una talló su propia madera, e hizo un grabado sobre su cuento”.

El libro finalmente se editó el año pasado, la historia y los grabados “giraron un montón”, comenta Tere. “Hubo una muestra en la Universidad que tuvo mucho éxito y en marzo, antes de la cuarentena, terminamos compartiendo los grabados e historias de las chicas en una obra de arte plástica, en el Teatro San Martín de Buenos Aires. En plena Avenida Corrientes, compartieron el espacio con grabados de mujeres Wichis”.

Este año, a raíz de la pandemia, muchas de las mujeres se quedaron sin trabajo, o cobrando muy poco, “lo que pasó fue que las compañeras, en su mayoría, trabajan en limpieza y cuidados de personas mayores en Capital. Los maridos de ellas, en muchos casos, trabajan en obras grandes de construcción y también les dijeron que dejen de trabajar. Entonces este grupo de doce compañeras decidieron armar dos ollas populares, en las que cada una cocina tres veces por semana”, comenta Tere, y señala: “pero lo que falta en esas ollas es carne”.

Con la idea de juntar plata para poder, principalmente, comprar esa carne; Tere y sus compañeras decidieron volver a sacar el libro, ahora solidario. Una bolsa del mercado agroecológico y yuyos, acompañan, a modo de kit, cada ejemplar. El libro se puede conseguir a través del perfil de Instagram “Migrantas en Reconquista”. También se encuentran circulando allí videos recientes de éstas mujeres leyendo sus relatos en sus espacios, en sus casas. En su barrio.

Tere reflexiona que, en definitiva “el proceso de recuperar y construir saberes sobre plantas medicinales, fue el proceso de entender la vinculación de cada una de las mujeres con estas plantas”, con todas las historias y el universo cultural que eso trajo.

Fotografías: Teresa Peréz

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