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Télam Corrientes, 17/01/14 - Antonio Tarragó Ros en la octava noche de la 24ta edición de la Fiesta Nacional del Chamamé y 10ma. Fiesta del Chamamé del Mercosur en el anfiteatro Tránsito Cocomarola. Foto: Germán Pomar/Télam/jc.

Tarragó Ros, rebelde

Antonio Tarragó Ros, estandarte de la “Nueva Trova Correntina” que renovó el Chamamé en los 70, se ofreció el domingo en la Chacra Puerredón, en San Martín.

El chamamé es una de las tantas manifestaciones musicales que forma parte del folklore argentino. Es un ritmo guaraní, con influencias de la polca europea, originado en la provincia de Corrientes y con amplios adeptos en las provincias vecinas, en Paraguay y en el sur de Brasil. Desde principios de siglo, se caracterizó por ser un ritmo que despertaba la euforia de los lugareños, sobre todo los trabajadores, quienes estallaban en una danza alegre y los famosos sapukai. Sin embargo, fue muy despreciado por la clase alta en su lugar de origen.

Pero a mediados de la década del ’70, el chamamé experimentó una transformación a cargo de una camada de artistas litoraleños que crearon melodías musicalmente más complejas y con letras más elaboradas, que convertían esa música meramente paisajista y bailable, en una música apta para escuchar y comprometida con la realidad. La explosión definitiva se produjo en la década del ’80, con el retorno de la democracia.

Antonio Tarragó Ros es el principal exponente de aquella generación. Nació el 18 de octubre de 1947 en Curuzú Cuatiá, al sur de Corrientes. Su padre, Tarragó Ros,  era un popular músico del viejo chamamé. Al nacer su hijo, se separó de la madre Elia Crispina Molina, y ambos se marcharon del pueblo a cumplir con sus obligaciones. Por esa razón, y siendo hijo único, pasó su infancia con sus abuelos que eran catalanes, quienes le brindaron su propia educación en lugar de llevarlo a la escuela. Al morir ambos, deambuló por distintas chacras en los alrededores del pueblo, hasta terminar en la casa su tío Gualberto Panozzo, acordeonista y sodero.

Ya adolescente, viajó a Buenos Aires para reencontrarse con su padre y mostrarle su intención de convertirse en músico. Al poco tiempo, comenzó a desempeñarse como presentador y acordeonista suplente en las giras por el país que realizaba junto a su grupo. Pero al poco tiempo, en desacuerdo con su padre por su estilo musical, decide armar su propio conjunto en 1967 y marcharse a la capital del país. Allí, el sello “Microfón” lo contrata para sus primeros dos discos: “Chamamé” (1971), con 15 canciones a la vieja usanza, sugeridas por su padre; y “Sapukai” (1972), donde comenzó a notarse su estilo propio.

Por aquellos años, también se presentó por primera vez en el festival de Cosquín. También fue la primera vez que se escuchó chamamé en ese escenario, hasta entonces reservado al folklore andino del Noroeste. Sin embargo, esa música del litoral aún era mal vista en las peñas. Además, su estilo renovador aún era muy criticado por los chamameceros más ortodoxos. Aun así, coincidiendo con la publicación de su tercer álbum “Amanecer de mi gente” (1973), se presenta por primera vez en el teatro Juan de Vera, de Corrientes, en una época donde las obras de ópera aún tenían los mayores adeptos.

A partir de entonces, comenzó un ardúo camino para posicionarse el mismo como artista, y también al chamamé, junto a la nueva trova correntina integrada por artistas como Mario Bofill, Teresa Parodi, Pocho Roch y Los de Imaguaré, junto a muchísimos otros. En ese itinerario que aún continúa hasta hoy, fe autor e intérprete de grandes obras que hoy son clásicos del cancionero popular argentino, como “Chamarra de Santa Elena”, “Estancias Las Batarazas”, “El toro”, “El cielo del albañil”, “Canción para Carito”, “Soy el chamamé”, “La vida y la libertad” y “María va”, esta última muy famosa por su versión junto a Mercedes Sosa en su disco en vivo “En Argentina” (1982).

Sus dos hijas Laura e Irupé, hoy consagradas solistas, también iniciaron su camino en la música de una forma autodidáctica, anarquista, lúdica y comprometida con la realidad, similar a la que su padre heredó de sus abuelos y del tío Gualberto en Curuzú Cuatiá. Cuando descubrió la “militancia del chamamé”, esa misma que lo llevó a convertir esa música marginal en uno de los fenómenos masivos más importantes del país.

Por Gustavo Aguirre.

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