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Murió otra trabajadora social: Ser esencial y olvidada a la vez
Tomasita militaba en el movimiento Corriente Clasista y Combativa (CCC), en José León Suárez. Fue testigo directo de los estragos que hizo la pandemia. Antes de quedarse observando el aumento del deterioro social, quiso ser parte de la solución o al menos poner su granito de arena ante tanto caos. Su muerte conmocionó a todo el barrio.

Una bufanda improvisa un barbijo, su saco arremangado y sus manos en acción. Así Tomasita prepara en una olla decenas de albóndigas que pronto acompañarán unos fideos. Su mirada, atenta a lo que hace, sabe que el hambre no espera. No falta mucho para que cientos de personas se acerquen por un plato de alimento al comedor “Estrella de Mar”, en el Barrio Independencia.
Desde el inicio de la cuarentena, Tomasa le puso el corazón a su labor. También le puso el cuerpo. El sábado pasado murió por Coronavirus pero también por desidia. Tenía 74 años. La actividad que llevan adelante las trabajadoras sociales fue considerada por el gobierno como esencial, pero la falta de recursos y la precariedad con la que desarrollan la tarea, muchas veces, les cuesta la vida.
Sin consuelo, Mónica Giménez, quien estaba junto a Tomasa al frente del comedor, además de compartir una amistad de 17 años, relató a Zorzal Diario: “Fue una mujer increíble. Varias veces me dijo que colaborar en el comedor le había cambiado la vida. Todas las mañanas me llamaba temprano y me preguntaba qué íbamos a cocinar. Su compromiso y ejemplo para ayudar a los demás queda latente y nos deja la tarea de multiplicar sus acciones.”
Cuando el Estado todavía no había declarado la actividad de las trabajadoras sociales como esencial, ni entregaba asiduamente mercadería a las organizaciones, Tomasa hacía tiempo ya realizaba una colecta de dinero en el barrio, en la que colaboraba con parte de su jubilación. Con lo que reunía se compraba comida. A veces alcanzaba para alimentar a varias familias, otras no. Ella, a diferencia del gobierno, sabía que hay necesidades que no pueden esperar. Con la cuarentena muchos se quedaron sin la changa y no había plata para llevar la comida a la mesa. Mónica aseguró que cuando el gobierno articuló mejor con los movimientos que tienen anclaje territorial llegaron a alimentar hasta 69 familias.

Las mujeres son las que en su mayoría están al frente de comedores y merenderos. Ellas son quienes dejan a sus hijos en sus casas y salen a cocinar para los demás. Algunas hacen este trabajo en forma voluntaria, otras cobran un plan social, pero son las menos. Tomasa no lo cobraba.
Un caso que se repite
El caso de Tomasa no es un hecho aislado. La actividad en los barrios populares en plena pandemia ya se cobró varias vidas. El año pasado murieron dos trabajadoras del Frente Darío Santillán, de San Martín. Una era Susana, quien ayudaba en el barrio Costa Esperanza a confeccionar barbijos para que los vecinos de menores recursos puedan protegerse del virus. Un mes después, otra mujer de la misma agrupación, también de nombre Susana, que colaboraba todos los días a realizar las ollas para que a los pibes de Lanzone no les falte un plato de comida, también murió a causa del virus.

El caso que cobró notoriedad mediática fue el de la referente social y militante de La Poderosa, Ramona Medina, en la Villa 31 de Retiro, quien se cansó de denunciar la falta de agua en el barrio en plena pandemia. A su vez, visibilizó las complejas realidades que se viven en las villas y la importancia de la tarea de los militantes sociales. En este contexto, Ramona se contagió de Coronavirus y a los pocos días murió.
Con la solidaridad como bandera, las organizaciones intensificaron la labor comunitaria durante la pandemia. La lucha de los y las trabajadoras comunitarias es ardua. Su tarea es anónima, cotidiana, silenciosa y hasta invisible pero se hace palpable al ver contenidas las necesidades de los que menos tienen.
En este sentido, Zulma Monges, referente social del Movimiento Evita de San Martín, en diálogo con Zorzal Diario indicó: “Estamos en el primer círculo de contención. Somos las que venimos bancando en la barriada. Ponemos el cuerpo todos los días por nuestros pibes. Y no solamente poniendo un plato de comida en la mesa, sino sosteniendo y acompañando a las familias”. Asegura que sin esta labor, hace tiempo se hubiese producido un estallido social en los barrios.
Y continuó: “Las compañeras no tienen un sueldo por hacer esto, lo hacen desde la militancia, desde la comprensión. Hasta ahora lo que logramos es que el gobierno de Alberto reconozca la actividad como esencial y que se pueda cobrar el plan Potenciar Trabajo que es de 10.300 pesos.”
Además de la reivindicación económica, manifestó que es de suma importancia que al tener este rol tan fundamental, ingresen al plan de vacunación contra el Covid-19 durante el primer trimestre de este año.

Son esenciales, sí. Son reconocidas, no. El estado tiene una deuda social con ellas, quienes piden a gritos ser escuchadas.

