Su escrito modula entre el amor al fútbol, a Juán Roman Riquelme y la pérdida de…
La Revolución no es un pastelito. Dos libros al respecto.
25 de Mayo de 1810. La revolución no es un pastelito. Ni de membrillo, ni de batata. Un pastelito no es un cambio de paradigma, y una revolución si lo es. Y, después del 25 de Mayo, se extendió como tal por todo el virreinato, corriendo desde Buenos Aires hasta el Alto Perú.
Uno de sus grandes representantes fue el abogado jacobino Juan José Castelli. Y hay que resaltar que era jacobino (como muchos de los revolucionarios) porque la Revolución de Mayo no puede resumirse con unas figuritas de Billiken (con el rostro de los revolucionarios) pegadas en un cuaderno de hojas rayadas y una foto del Cabildo. Nuestra Revolución fue, por ejemplo, el fusilamiento del Virrey Liniers, en Córdoba, bajo las órdenes de Castelli, quien para ese entonces comandaba la columna rebelde hacia el Alto Perú y era conocido como el Orador de la Revolución.
El primer libro es una obra de teatro dividida en tres actos, escrita por Andrés Lizarraga, y que lleva por título Tres jueces para un largo silencio. En ella se retrata la implementación de las ideas de Juan José Castelli, ya ocupando su cargo en un pueblo del Alto Perú, liberando esclavos, proclamando la expropiación de tierras y dándoselas a quienes la trabajaban, legítimos dueños de esos lares, y equiparando derechos entre españoles, criollos e indígenas.
El sueño de Castelli fue el sueño de una revolución completa, pero los porteños (ya deberíamos haber aprendido que los dirigentes porteños son un poquito cipayos) no tenían el mismo sueño. Saavedra, y su Junta (y su yunta), le ordenó prácticamente perder batallas con los realistas. El Orador de la Revolución, así como también la revolución, fue traicionado. Y fue por esta traición, este juego cruel del poder económico concentrado en el puerto de Buenos Aires, que Castelli fuera encarcelado y juzgado, aunque el juicio nunca llegara a su fin.
El segundo libro es una novela histórica, escrita por Andrés Rivera, y que lleva por título La revolución es un sueño eterno. Allí, el revolucionario, danza con el lenguaje entre la poesía y los íntimos debates sobre sus acciones y principios. Aquí están el fin y los recuerdos de un rebelde (no una de esas figuritas de Billiken), que en sus últimos días no sólo enfrenta la traición, la burla en las proclamas e inquisiciones de los fiscales, sino, también, un cáncer de lengua que lo arrastra lenta y dolorosamente hacia la muerte.
Ironía aparte, el Orador de la Revolución, no pudo hablar para defenderse. Por lo tanto, escribió. También, ironía aparte, aquel que diera libertad y tierra a los esclavos indígenas, muere un 12 de octubre de 1812. Antes de morir pidió papel y lápiz. Escribió: “Si ves al futuro dile que no venga.”

