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Salir del voto desgarrado
El sorpresivo cierre de listas de Unión por la Patria fue un terremoto para el escenario político y sobre todo para la militancia oficialista. Dentro del amplio espectro del peronismo explotó un debate que ya se había encendido con el ensayo de la fórmula Wado-Manzur y la voluntad de competir de Daniel Scioli. PASO o unidad, la potencialidad de Wado, si Scioli era un traidor o no. Todo eso quedó enterrado con un tuit de la cuenta oficial de UP.

La controvertida figura de Sergio Massa emergió para que estallaran los corazones. Si bien para la realpolitik es un gran candidato, desde distintas cuentas militantes surgió el grito de que no lo van a votar, que “Cristina nos echó de la plaza”, “al final la que nos pidió ‘una más’ es Cristina”. Se reedita la frase, hoy memeable, enunciada por Horacio González cuando Cristina definió en 2015 que el candidato sería Daniel Scioli, el “voto desgarrado”.
Una de las preguntas más insistentes luego de conocido el binomio del frente electoral es ¿por qué Cristina decidió esto, por qué no hay cristinismo en la fórmula, por qué justo Massa, el “amigo de la embajada”? Si bien la vicepresidenta argumentó la decisión en la necesidad de la unidad y el candidato de consenso, la incomodidad persiste. Hay una distancia entre lo que se dice y lo que se decide, entre el discurso y la política, que genera cortocircuitos en los sentimientos de gran parte de la militancia.
Economía política no es política económica
El economista Emmanuel Álvarez Agis dijo hace un tiempo que uno de los principales problemas de la economía argentina es que los políticos se enamoraron de determinadas herramientas económicas. Así como Macri llevó la crisis en su gobierno al límite porque consideraba una traición a sus principios poner restricciones a la compra de dólares (“cepo”), el kirchnerismo se negaba a la idea del equilibrio fiscal. Filminas, una y otra vez, mostrando el déficit fiscal de los países centrales. Es como tener una caja de herramientas, seguía Agis, y que unos tengan prohibido usar el martillo y otros el destornillador. Este problema se puede trasladar a la perspectiva de Ernesto Laclau, bibliografía obligatoria para la nueva militancia peronista. La cadena de significantes que articulan una identidad supone significantes propios y significantes antagónicos. Traspasar los límites de la cadena de significantes desdibuja la identidad.
Esta perspectiva presentaba grandes desafíos para el gobierno del Frente de Todos. Enfrentar la inflación y el acuerdo con el FMI, se sabía, provocaría tensiones en la identidad. La única receta anti inflacionaria enunciada durante los gobiernos de Cristina solía ser confrontar con los “los formadores de precios”: control de precios a la Moreno, a la Precios Cuidados, congelamiento de tarifas, luego Precios Máximos. El argumento central de esta política se dirige hacia la concentración económica. Allí hay numerosos estudios desde la economía política que lo explican y que Cristina retomó en varios discursos, la gran mayoría proveniente de las usinas de FLACSO o el CIFRA, el centro de investigaciones de la CTA de los Trabajadores. Sin embargo, son cuantiosos los economistas que ante ese argumento se preguntan, ¿y por qué en el mundo un fenómeno como la concentración económica, que es igual o mayor que en Argentina, no hay inflación? Nunca se pudo desentrañar la incógnita. La clave para esta corriente de pensamiento es dar una respuesta política a la inflación: son los poderosos, no la política económica. Quizá no se encuentra una solución económica, pero sí un antagonista, necesario para la perspectiva laclauiana.
El FMI como significante es mucho más cristalino. El kirchnerismo nació contra el FMI. Dictadura, FMI y neoliberalismo fueron los primeros rivales narrativos. No obstante, desde que nació el Frente de Todos el acuerdo con el FMI se daba por descontado: “somos pagadores seriales” fue la frase usada por Cristina entonces. Pero nunca, durante el periodo de negociación, hubo una referencia sobre qué tipo de negociación era aceptable. Lo particular del juego era que todos estaban decididos a acordar, pero hacerlo con un antagonista generaba confusión. Todo acuerdo con el fondo implicaba dependencia, pero no acordar, se decía, llevaría a una profundización de la crisis. Bajo estas nubes todos caminaron en silencio hacia el acuerdo, sin embargo, cuando estaban por atravesar el umbral un sector decidió salir del camino. Desde la perspectiva de Laclau, reivindicar algún tipo de acuerdo con el FMI, desdibuja la identidad. En ese contexto, ¿era posible apoyar algún acuerdo?
Nadie ha mostrado la capacidad de preservar una identidad como la dos veces presidenta. Sus discursos se convirtieron en clases magistrales. Su narrativa siempre cuidó la cadena de significantes, articulando un relato de principio a fin. En lo económico su argumentación no tiene grises, contradicciones, matices. Hay grandes ideas económicas, hay economía política, pero no política económica. Alberto Fernández llevó esto al ridículo. Llegó a decir con orgullo: “no hay plan económico”, como si quisiera ser su mejor alumno (cuando detrás tenía a dos ministros que estaban escribiendo un plan para la Argentina del 2030). De los cuatro puntos del “programa” enunciado el 25 de mayo último, dos eran económicos: rediscutir el acuerdo con el FMI y cuidar los recursos naturales. Grandes temas, pero el elefante en la habitación no aparece: la salida de la crisis inflacionaria.
La hipótesis de este texto es que el voto se desgarra entre el pragmatismo y la identidad, entre la práctica política y el discurso. La elección de Wado de Pedro iba en la dirección del voto identitario, pero sin un plan de crisis. El camino elegido va hacia la salida de esa crisis que la identidad no puede expresar. Y ahí se produce el desgarro.
El voto desgarrado
La elección de Massa tiene una narrativa difícil, y por eso la candidatura de Juan Grabois es una válvula de escape, una rendija donde respirar, una oportunidad para procesar esta decisión y hacer un voto convencido. Cristina sorprende otra vez. Tercera decisión disruptiva: 2015, 2019 y 2023. Sin embargo, Alberto Fernández entraba en un argumento, en un video. La actual se parece más a la de Scioli en 2015, sin relato. La política se corre del discurso hacia la rosca silenciosa. Sin Grabois hablaríamos nuevamente de voto desgarrado, un voto que no compartimos, que no militamos, pero que hacemos, aunque no nos representa.
En esto sí se parece al video donde catapulta a Alberto Fernández a la presidencia. Ahí fue clara en cuál era la tarea de la etapa. El momento histórico requería una conducción más amplia, más dialoguista. ¿Cuál es la diferencia? Que en la jugada de 2019 tenía una clave oculta, el control de la figura sin poder propio. Si con Alberto no sucedió ahora parece todavía más difícil.
Massa, Kicillof y Grabois
El voto desgarrado hoy es un meme y por eso no se puede decir, pero está. La rebeldía a esa sensación tiene dos caminos, dotar de más contenido a una identidad que se debilita o pensar cuáles son las tareas de la etapa que viene y sus soluciones. Para ambas hay que mover la cadena de significantes, las preguntas, los desafíos de hoy no tienen las respuestas del pasado. La carambola final del cierre de listas abre la puerta al voto desgarrado; o se repiensa la identidad con el aporte del joven Grabois o se analiza que la etapa que viene requiere una estabilización económica que permita el crecimiento y la inclusión.
La jugada final a varias bandas, que incluye al actual presidente, a los gobernadores, al massismo y al kirchenrismo tiene una salida esquizofrénica, pero potente: el pragmatismo de un lado, Massa, las convicciones del otro, Grabois. Ambos sumarán votos para la figura que mejor sintetiza las partes, el gobernador Axel Kicillof. De un lado, lo que hay que hacer, estabilizar y crecer con todos adentro, del otro construir ideas para el futuro, para que ambas permitan sostener el poder territorial: la provincia de Buenos Aires. El desgarro encuentra su sutura.
Por Lucio Fernández Mouján
@carraspero

