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Vruto el que no lee en el gym

– El problema es que hay más espacios fitness que bibliotecas- me dice Paula.

– Puede ser- respondo, y advierto que se viene una explicación.

– No tengo nada en contra de hacer ejercicios. Pero esos lugares tienen más de ideología estética, de idolatría del cuerpo, de individualismo, que de actividad física. Frivolidad es una buena palabra para definirlo.

Y como estábamos refugiados del viernes lluvioso en la entrada de la Biblioteca Popular Alberdi, me dice “mirá” y con la cabeza señala justo enfrente, en la esquina opuesta. El viejo club de barrio, J. J. Urquiza, devenido en gimnasio fitness, vidriado “como si fuera un escaparate para observar a los atletas del mundo digital”, agrega Paula. En su voz no puedo diferenciar el discurso argumentativo de la desazón. Suena disgustada, aunque habla con la calma de la docencia. Entonces, nos damos vuelta y dejamos a los atletas detrás de la lluvia y los vidrios, y entramos al salón aromado a libro viejo.

En la entrada, junto a una ventana, hay libros gratis. Quien quiere agarrar uno, elige y se lo lleva. Paula rescata dos joyitas de la historiografía argentina y me los obsequia. “El genio político de San Martín”, de Ricardo Levene, y el tercer tomo de “Vida de Juan Manuel de Rosas”, de Manuel Gálvez.

– ¿Ves? Acá no hay espejos. Nadie se mira diciendo “qué maravilloso cerebro, qué inteligente, qué culto que soy”. No. Hay gente pintando, en el primer piso hay teatro, y allá hay un espacio para lectura infantil, entre otra buena cantidad de actividades. Es un lugar de encuentro.

Mientras conversamos, recorremos los inmensos anaqueles, subimos escaleras y escuchamos a un grupo de mujeres que practican artes plásticas. En 1870, me cuenta Paula, Sarmiento creó la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP), ahora perdió presupuesto y autonomía. “La motosierra analfabeta destruye más de ciento cincuenta años de historia”, ironiza y el gesto de su rostro se vuelve duro, sin tristeza, pero lleno de bronca.

Pero entonces, un nene que no tiene más de doce o trece años le toca el hombro abstrayéndola de su ofuscación. “Estoy buscando libros de dinosaurios”, dice. “Paleontología”, repone ella, y el chico asiente. Paula se aleja en busca del pedido. Vuelve al rato con dos libros en la mano. Uno, tan grueso que debe llevarlo bajo el brazo, el otro, repleto de dibujos, más acorde a su edad. Los hojea entusiasta. Va del primero al segundo y del segundo al primero como deambulando por Parque Jurásico. Unos minutos más tarde, una mujer joven entra en la biblioteca y se acerca al chico. “Vamos Feli”. Dirigiéndose a Paula, pregunta “¿se los puede guardar?”. Paula dice “por supuesto”, toma un papel, una birome, pregunta el nombre, y el chico responde: “Felipe”. Escribe el nombre en el papel y lo coloca en la tapa de uno de los libros. “Muy bien, Felipe, cuando vuelvas van estar esperándote”.

Antes de irme, reviso una mesa de ofertas. Un pequeño ingreso para la exigua economía de la biblioteca Alberdi. Cinco libros por cinco mil pesos. Una verdadera ganga. Desde el diario íntimo de Paul Gauguin hasta una novela de Henry James. Afuera llueve y los atletas ejercitan los músculos mirándose al espejo. Caminando por la calle pienso aquello del “individualismo y la motosierra”. Tal vez sea solamente una sensación mía, pero algo del presente me parece que está mal. Creo que Paula piensa lo mismo.    

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