skip to Main Content

A cincuenta años del presente

Berta Carranza recuerda un fusilamiento, o cree que lo recuerda, porque apenas tiene dos años cuando Nicolás Carranza, su papá, es fusilado por los militares en un basural de José León Suárez, el 9 de junio de 1956. Recuerda, eso sí, con la memoria intacta, los años de la década del setenta. Tiene veinte y tantos años. Perón había regresado y había muerto. A mediados de 1975, las medidas tomadas por el ministro de economía, Celestino Rodrigo, hunden al gobierno de Isabel Perón en una crisis política y económica. Desde Washington se impulsa el Plan Cóndor: EE.UU ordena golpes de Estado en toda América Latina y, para el 24 de marzo de 1976, Argentina entraba en su época más oscura.

Foto: Ariel Esposito


Recuerda despidos arbitrarios. El barrio ferroviario de Boulogne se sumerge en la atmósfera de la memoria. Estaban barriendo del municipio a trabajadores organizados. Berta Carranza coordina una protesta algo fétida, pero original. Los camiones de basura recolectan los desechos como de costumbre, sin que nadie pueda imaginar que habrían de ir a parar a otro lado que no sea el habitual. Berta tiene otra idea. Los camiones avanzan, juntan, y ordenadamente llegan hasta la municipalidad. Allí, por fin, descargan toda su porquería. “Hay compañeros, hoy, que le votan las leyes”, dice y el recuerdo se espanta por el presente.

Las similitudes entre el gobierno libertario y aquel que implantara la Junta Militar radican en lo económico (y por supuesto, en lo ideológico). La desindustrialización, el subordinamiento de la producción y la técnica bajo las órdenes de las finanzas y la guita fácil (así como llega, se va). Las diferencias para mantener ese modelo: ayer, sangre y fuego, hoy, desinformación, destrucción del pensamiento crítico, una pizca de miedo frente a la voracidad de la represión policial, y otros condimentos propios de la era digital.

Berta viaja del recuerdo al presente. Un ida y vuelta imposible de controlar. “Queríamos un patria libre, justa y soberana. Realmente se creía en eso”. “Hoy la CGT es peor que aquella de Vandor y la mar en coche”. “Nosotros sabíamos lo que le pasaba al vecino porque la militancia era puerta a puerta. Hoy es rosca y redes sociales”. “Nos refugiamos en la quinta Pacú, en la isla, en el Tigre.”

Del exilio tiene un dolor que no quiere hablar, los ojos se le llenan de lágrimas y se queda en silencio. Dice: “peor lo que le pasó a Susana. Le hicieron ver cómo moría su hijo. Era un bebé”.

Foto: Ariel Esposito

Los años de terror los pasó refugiada en uno y otro lugar. De la islita esa en el Tigre a la casa de Carmen, y otra vez a rajar de ahí porque un vecino creía que lo mejor era hacer desaparecer a los que pensaban distinto (y hacían algo para llevar adelante sus ideas) y entonces delataba el refugio y Berta volvía escaparse. Porque las torturas, las vejaciones, las violaciones, los vuelos de la muerte. “Hasta me refugié en un centro espiritista”. El recuerdo es un golpe, quizás por eso se mira tanto las manos.

Siempre algo queda, aún con el regreso de la democracia y cierta reparación por goteo. “No me despierto en la noche por pesadillas, pero recuerdo los fogonazos”. Cuando los hijos de Berta eran chicos, en las fiestas de fin de año, como cualquier pibe, jugaban con cohetes, fuegos artificiales. Berta se tiraba al piso al escuchar las detonaciones. Un impulso instintivo que no podía controlar. El miedo se adentra en lo más profundo, en lo inconsciente.

En reconocimiento por los años de lucha y militancia tiene una buena cantidad de diplomas y fotografías con personalidades de la política. “Yo era peronista”, “¿eras o sos?”, “ahora no quiero saber nada”. En esa última frase hay un dolor político. Y vuelve al pasado para hacerlo discutir con el presente. “No me arrepiento de nada. Si volviera a esa época volvería hacer exactamente lo mismo. La militancia de aquellos años era romper la suela de los zapatos para hablar con los vecinos”.

Foto: Ariel Esposito

En un rincón de la casa hay un tubo de oxigeno que cada tanto le mejora la respiración. Hay un cuadro del “Che”, una foto de Evita y otras de nietos y familiares. “Yo tengo esperanza. Qué lindo que se cumpliera lo que soñábamos”.     

Cuando llegan los días extraordinarios, las naciones se sumen, algunas veces, en el miedo, y otras veces, en el olvido. Cincuenta años atrás, el golpe de Estado Cívico-Militar, inyectó el miedo en las venas de los argentinos. Por miedo se miraba para otro lado, se soportaba haber perdido la democracia. “No te metas, no opines, ojo con quien hablás”. Lugares comunes del miedo. La absurda esperanza de creer que nada nos va a afectar si nada hacemos. Como si no intervenir en la realidad fuese una garantía de supervivencia. Nada más alejado de la experiencia de estar vivo. Con el olvido sucede algo similar, pero silencioso. Hoy, se pretende el olvido. Del miedo y el olvido sólo sobreviven los que luchan.

Avatar photo
Back To Top
×Close search
Search