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El sueño de la casa propia, la pesadilla de alquilar
Desde la última dictadura militar el acceso a la vivienda se encuentra ligado a lógicas mercantiles, donde se desregulan los alquileres y se dolariza el mercado de compra y venta de los inmuebles. El rol del Estado, ya sea Nacional, Provincial o Municipal, poco a poco fue relegado a un mero observador, o a intervenir legislando una ley, como lo es la Ley de Alquileres, que no sirve a ninguna de las partes involucradas.
Según un informe del Observatorio del Conurbano, Universidad Gral. Sarmiento, del año 2021, el 20,4% del país vive en situación de inquilinato. En el partido de San Martín se calcula que casi el 30% de las personas consiguen vivienda a través del alquiler. Los contratos suelen ser leoninos, exigiendo una inmensa cantidad de dinero y condiciones para el ingreso (garantías, recibos de sueldo, seguros de caución, etc.), que en los tiempos que corren no son moneda corriente en quienes pretenden alquilar.

¿Cuál es el rol del Estado? ¿Puede ser un intermediario justo en un mercado desregulado y de vital importancia? En Argentina, en ninguna provincia, ni municipio, existen mayores intentos de contener y regular el negocio inmobiliario. Sin embargo, datos de la Federación de Inquilinos Nacional, en una encuesta realizada en 2018, basada en 19.000 respuestas, advierte que los inquilinos representan el 17% de los hogares del país y que destinan alrededor del 40% de sus ingresos al pago del alquiler. Por otro lado, el INDEC, en su Encuesta Permanente de Hogares (EPH) realizada durante el primer semestre de 2022 sobre 31 aglomerados urbanos de todo el país, contemplando un universo de 29 millones de habitantes, expresa que 5.422.000 personas viven en condición de inquilinato.
Acercarse a la realidad sólo a través de estadísticas es frío además de inexacto. En los números no se perciben las millones de vivencias, el derrotero de constantes y agotadoras búsquedas, ni siquiera pueden medirse el desvelo y la preocupación que esto conlleva. Hay que acercarse a las personas. Golpear las puertas de las casas (que son ajenas, como las vaquitas) y conversar alejados de los porcentajes.

“Tengo 28 años, dos hijos y tres perros, ahí ya te di un motivo básico de porqué es casi imposible encontrar un alquiler”, cuenta Fiorella Ramírez que vive en Carcova, José León Suárez, donde alquila desde hace dos años. Tuvo que abandonar su residencia anterior (otro alquiler), durante la pandemia, por un retraso de diez días en el pago. “En vez de pagárselo el diez –comenta- se lo pagaba el veintiuno. Me terminó diciendo que me vaya, y quedé en medio de la calle con mis dos nenes, y fue bastante difícil ese momento. Mucha impotencia, mucha bronca. No sabés dónde ir a reclamar.” Fiorella trabaja, lo mismo que su pareja, pero en situación de informalidad. “Sin un recibo de sueldo es imposible alquilar una casa en condiciones para que los chicos puedan estar bien. Ahora no tengo cosas básicas como el cerámico en el piso, tengo problemas de humedad, cortes de electricidad…”
Los testimonios se repiten, encuentran puntos en común en todas las personas que transitan la experiencia de buscar lugar donde vivir. En un grupo de Facebook, “Alquileres San Martín y alrededores”, se amontonan los comentarios sobre la odisea de alquilar, y cada tanto aparece algún triunfo demasiado pírrico para ser festejado:
“Uno de los principales requisitos es sin chicos y sin mascotas”, “Soy enfermera y tengo 2 trabajos para poder vivir y pagar alquiler”. “Algunos, hasta te quieren alquilar sin calefón… un desastre…”
“Tengo 57 años, me mudé más de 30 veces, he pasado por muchas cosas. Hoy después de 7 años alquilando en un mismo lugar me encuentro que tengo que afrontar una nueva mudanza. Sólo el que lo pasa sabe el estrés y depresión de cada mudanza”.
“Ahora estamos pagando cien mil pesos de alquiler por el tema de la inflación, estábamos pagando sesenta, y a fin de año no sé a cuánto se va ir. Siempre nos planteamos lo mismo: si pagamos una cuota tan alta cómo no poder pagar para una casa, para una propiedad…”
“Busco alquiler…”, puede leerse en carteles pegados en paradas de colectivo, en paredes de zonas transitadas, en cualquier esquina. Después, continúa la frase con la cantidad de ambientes; a veces se agrega si es una familia, una pareja, una persona sola. Pero siempre empieza con el mismo pedido que puede entenderse como una súplica, pero también como una demanda, una exigencia, una necesidad.

