El periodista Facundo Nívolo volvió al oratorio de la difunta correa luego de 30 años. Su familia, creyente del mito milagroso de la mujer que murió de sed en el desierto, lo había llevado cuando niño y mantuvo el culto latente a lo largo de los años en la provincia de Buenos Aires. Aquí, imágenes y textos que condensan un viaje y una creencia popular que va desde la cordillera al Rio de la Plata y la Patagonia.
Un destello de plata sobre las alas del avión anuncia el descenso. En el cristal oblicuo se empiezan a vislumbrar los pliegues de la precordillera. Con el sol recostado, las sombras trasforman lo que debiera ser tierra en una piel arrugada y arcillosa.
Caminando por los senderos de piedra, tenía 9 años. Fui acompañado por mi mamá, mi papá, mi tío y mi tía: ella era la devota de la difunta, prácticamente quien nos llevó. Para sostenerme, tocaba las paredes de la montaña. Llevaba un buzo verde, jogging y zapatillas blancas. Corrían mis años 90, el pelo crecido, enrulado. Nunca sentí un viento tan fuerte. Cálido, un torrente me empujó desde la espalda y caí sobre piedras. Fue la primera vez que escuche nombrar al viento sonda.

Mi viejo había manejado 1200km en un Renault 18 rojo y ruidoso para que podamos llegar al oratorio de la difunta y así poder cumplir una promesa. Salimos desde Lanús Oeste en días de noviembre. Ya llegaba el verano y se hacía sentir en rutas que ondulan la visión de forma espectral cuando pretende mirar más allá. Y por supuesto que también se hacía sentir en ese auto sofocante, lleno de polvo y de personas.
Ya en Vallecito comenzamos a escalar en un laberinto de mensajes de agradecimientos, patentes de autos, placas que narran el milagro y un dejo tristeza en cada uno de los bronces. Es una suerte de cementerio cuesta arriba.

Gracias por la casita. Gracias por curar a mi hijo. Gracias por protegerme. Protege a mi familia. Que mi nieto termine la secundaria. Gracias por el título. Infinidad de ofrendas como prueba de esa realización: Un uniforme de enfermera, un título de neonatóloga, un centenar de muletas que ya no se necesitan, decenas de pelucas de mujeres. Una sala repleta de vestidos de novias y así. Una olla gigante de piedra en la cima del monumento para encender una vela con miras a un valle y pinceladas de montañas y el viento desértico que apaga velas que vuelven a encenderse solas una y otra vez hasta que se funden en cera.
Cuando llegamos a la cima donde supuestamente fue encontrada la difunta, mi mamá y mi tía se pusieron a llorar. Recuerdo estar a su lado con mí niñez y observarlas, extrañado, hasta que mi mamá rompió el silencio con una suavidad vidriosa, ¿su cuerpo está acá?, preguntó. Nadie respondió. Mientras le rodaban lágrimas por la cara, su mano acarició la mejilla cerámica de la escultura de Deolinda Correa a escala humana.

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La ruta 20 está ladeada de sierras que dividen el desierto del valle y comunica la ciudad de San Juan con Vallecito. Ahí falleció Deolinda ya entrado el siglo XIX por que durante las guerras entre unitarios y federales, decidió atravesar la nada con su hijo recién nacido para reencontrarse con su marido, reclutado por uno de los dos ejércitos. Entre el frío desolado del inmenso cielo del valle y el calor del sol del mediodía sobre tierra quebrada, la difunta murió de sed, pero al ser encontrada por baquianos, su hijo seguía vivo, amantándose de su pecho. Ambos yacían entre las sombras espinosas de un algarrobo.
Era un día como hoy, comienza el taxista. Veníamos cada año pero mi mamá sabía venir sola, caminando los cinco kilómetros que van desde el altar de Caputo -un taxista asesinado en 1939- hasta la difunta. Era un día como hoy y el cielo se nubló de repente y empezó a llover tanto que no se veía el camino. Cuando llegaron a la primera parada, su madre dejó el paraguas en el auto y se dispuso a caminar en medio de la tormenta. Que duró poco, porque las nubes inmediatamente se abrieron y Marta Francisca, hizo como cada vez, en soledad, el ultimo tramo de su peregrinación.

Rodeado de planicies de tierra seca y arbustos fosilizados, Guillermo Valdez tiene sesenta y ocho años y, al dejarme a los pies del santuario, va a apagar el vehículo y a subir por su propia cuenta, también a saludarla. Recuerda el temblor en el suelo, las chapas de los autos cayéndose, el tinglado estremeciéndose durante segundos y así como al venir y pasar, el corazón agitado para luego irse. Es que el terremoto de 1977 dejó fijada en la memoria del aquel niño, los surcos partiendo la tierra como bocas de abismo y las casitas más pobres convertidas en montículos de adobe al costado del cerro Pie de Palo.
Antes de llegar a destino, pasamos efectivamente por lo de Caputo. Es el altar de los taxistas, de los remiseros. Asesinado durante un intento de robo, recibió una puñalada en medio de la caja torácica y con el pasar de las décadas, se constituyó en otra devoción para los trabajadores de las rutas. Es así que la composición de su altar tiene correas de transmisión, bujías, capots de autos, incluso repuestos sin abrir que se dejan para quien tiene un problema en la ruta. Protégeme Caputo, rezan pequeños carteles pintados a mano al final de un sendero marcado por cubiertas de coches y camiones.

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Cuando mi tía Haydeé falleció, mi tío le dió a mi mamá la estatuilla de la difunta que estaba en el altar de su casa. Mi mamá, que es artista plástica, recibió la misión de devolverle los colores. Así lo hizo. Y mi tío quería que ella se quedara con la figura pero mi mamá estaba muy triste por la pérdida de su amiga y no la quiso. Fuí de las últimas personas en ver a mi tía. Enferma en el hospital y a pocos instantes de partir, me encomendó un último mandado: Despedirse y decirle a mi mamá que la quería mucho. Finalmente, la figura restaurada de Deolinda vino a mi casa y sigue conmigo hasta el día de hoy.
Este camino lo hice en auto, lo hice caminando, lo hice en moto, lo hice en bicicleta, cuenta Guillermo, mi taxista. A poco, nos vamos metiendo en un camino cuesta arriba y entre paredes de roca. En bicicleta y en bajada es hermoso. Cuando empieza la bajada uno se descuelga. La creencia viene de mi mamá, ella sabía pedirle por nosotros. Que terminemos la escuela, que no tengamos enfermedad, que nos aleje de la delincuencia. Me mira por el espejo retrovisor. Busca contacto visual conmigo.
A un costado del camino señala un sendero y a forma de guía explica, la quebrada de las flores. Sabíamos entrar ahí porque hay una laguna. Una vez estábamos con mi abuelo y pudo ver que desde los cerros se venían nubes negras y levantó todo y subimos al auto. Le dije nos salvaste abuelo. Es que si hay creciente, se cortan los caminos.


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Todo se le pide a la difunta: Se le pide por amor, por trabajo, que te proteja en tu camino. Con los ojos sutilmente arrugados de sonrisa, cierra la enumeración: que los niños se porten bien. Esta vez no me mira y lleva la cara hacia a la ruta riendo. Creo que ya se quien era el que no se portaba bien. Vuelve a ponerse serio, me mira por espejo retrovisor y pregunta. ¿Usted es devoto?. No sé, le digo, vine a reconstruir una tradición familiar. Asintió con la cabeza y dijo: lo felicito.
De regreso a la ciudad de San Juan y al aeropuerto, desde la ventanilla del micro viajamos un puñado de visitantes. Pareciera que vamos directo hacia el ocaso. Las sierras ahora son grises, negras, superpuestas en diferentes gradientes. El cielo, un paño dorado y ocre. Y todo, todo se va desvaneciendo hacia una bruma blanca que sobrevuela, leve, sobre un desierto que no nos concede su final.


