LAS HIJAS DE LA LÁGRIMA QUEREMOS MÁS


Por Facundo Nívolo

Lo que vivimos con este ciclo iniciado allá en la pandemia es una anomalía. La norma nunca puede ser ganar tanto, tampoco debería seguir siéndolo, y sin embargo lo es. Porque llegar a la final de un mundial (de nuevo) y que se nos rompa el corazón al perder contra una mejor selección (luego de años ininterrumpidos de ganar y gustar) es bastante increíble.

Allá por los 90 se decía que el Manchester United era el mejor club del mundo y tuvo un técnico llamado Alex Ferguson que lo dirigió durante 27 años. Marcelo Gallardo dirigió a River durante 9 años, y todavía muchos consideran un error enorme que se haya ido. Claro, también deciden los técnicos qué hacer. A fin de cuentas también son humanos. Si el equipo Scaloni, Aimar, Samuel y Ayala tiene trabajo con los juveniles, infiriendo una planificación a futuro y recambio además de la sobrada capacidad y carisma para gestionar un grupo desde lo humano y desde lo deportivo, no debería haber duda respecto de sus continuidades.

Ahora bien, es cierto —como reflejan las lágrimas que quiebran al DT de Argentina durante su conferencia— que un grupo así difícilmente pueda volver a repetirse. Y allí radica uno de los factores que explican las alegrías sucesivas que este grupo de muchachos nos dio: la contemplación de un juego grabado en la médula de la cultura argentina, la posibilidad de reunirnos con nuestros seres queridos, de emocionarnos, de abrazarnos, de ser felices y de sufrir como con la más intensa expresión artística hasta lo inimaginable. Una dopamina infinita alrededor de lo que, al estilo de vida de acá, del sur del mundo, consideramos lo más importante de todo: compartir. Acá naides es más que naides, dice algún aforismo, y cuando estamos juntos y juntas compartiendo, eso se hace carne, se hace vivencia, se funde en abrazo, lágrima en carne viva.

Otro de los factores de irrepetibilidad es Lionel Messi, probablemente el mejor deportista de todos los tiempos y para una de las personas que durante la siempre difícil vida nuestra, nos ha hecho tan felices. No tiene sentido agregar más líneas a una historia interminable, pero que, sin dudas, llegó a su fin en términos mundialistas. Y eso es casi un punto final, porque por alguna extraña razón, en este país, nada del fútbol es más importante que la selección y nada es más importante para una selección que el mundial. Vivimos una vida de capítulos que van de cuatro en cuatro, de mundial a mundial. Dicho esto, el irremplazable merece que lo celebremos pero también merece su descanso, y merecen otros chicos la posibilidad probarse esa hermosa camiseta que vistieron tantos mágicos a lo largo de nuestra historia. Llegó esa hora.

Habrá una decena de grandiosos futbolistas que no llegarán al mundial de 2030, y hay otra decena que está esperando su oportunidad. Argentina es el suelo más futbolero del mundo y decididamente no alcanzan las tres estrellas. No hacen justicia a lo que vivimos en las calles, en las casas, en las familias, en lo que sentimos en lo íntimo de nuestro corazón ahora mismo, mirando la noche púrpura.  Por eso vamos por esa que nos faltará siempre, como un horizonte ciego. Realmente no por la copa ni las medallas, sino por lo que nuevamente vamos a atravesar como pueblo para alcanzarlo y por lo felices que vamos a ser cuando lo consigamos.