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“Me quemaron”: la última frase de Federico antes de morir

La Biblia seguía ahí, atada a la corteza del árbol con un cable negro, con la tapa chamuscada pero con las hojas intactas en su interior, como si nada pudiera arrancarle del todo la fe que Federico había colgado en ese rincón de Villa Hidalgo. Era su amuleto, su escudo contra la mala suerte. “Me protege”, decía. Esa noche, el fuego que arrasó con su cuerpo no logró quemar esas páginas pero le arrebató la vida.

Por Delfina Pedelacq y Facundo Nívolo

Jose Luis, hemano de Federico Ávalos.

Federico Ávalos —“Tico” para su familia y los vecinos— dormía en la calle, bajo un techo improvisado de un capot viejo y algunas maderas, en el predio abandonado que bordea la calle Italia. Era jueves 13 de noviembre, pasadas las dos de la mañana, cuando una explosión lo despertó. No llegó a entender qué pasaba: alguien lo había rociado con lo que se presume fue un acelerante y lo envolvió en llamas.

Envuelto en fuego, corrió como pudo hacia donde estaba su hermano Darío. Llegó ardiendo entero. “Lo único que decía era ‘agua’”, recuerda. Intentaron apagarlo con una manta, sin saber que el material avivaría aún más el fuego.

Cuando lograron sofocarlo, la policía de la garita cercana lo mantuvo sentado, le dio agua, pero se negó a trasladarlo al hospital. Federico tenía el 90% del cuerpo quemado. Fue un vecino acompañado por sus hermanos quien lo envolvió en una cortina y lo llevó al hospital de Boulogne. Murió al día siguiente. Lo último que dijo antes de ser sedado fue: “Me quemaron”.

Villa Hidalgo, encajonada entre el Camino del Buen Ayre y las vías del tren, es una frontera entre San Martín y San Isidro. Sobre la calle Italia, las montañas de basura, el olor ácido y la línea de pinos donde Fede dormía entre ese paisaje de abandono que ya forma parte del barrio. Ahí, entre árboles marcados por el hollín, quedó marcada la altura de las llamas: tres metros negros en el tronco. 

“Acá están sus zapatillas, las medias y ropa que se pudo ir sacando cuando le paso esto” contó su hermano mayor, José Luís de 38 años. En el lugar también estaban desparramadas unas películas que Tico había juntado para vender.

Tico: la vida en la calle, la familia y la deuda de justicia

Federico tenía 32 años. Era el tercero de siete hermanos, todos parecidos entre sí, todos criados en Villa Hidalgo. Trabajaba juntando cartones, alquilaba un carrito y salía a “buscar el mango”. Tenía un grave problema de adicción, pero no molestaba a nadie. Consumía en ese lugar para no hacerlo frente a su familia. Dormía en la calle por decisión propia: no quería ser una carga para sus hermanos ni un mal ejemplo para sus sobrinas.

“Era un pibe sencillo”, cuenta José Luis, su hermano mayor, “el Chino”. Si tenía un cigarrillo, lo compartía. Si había un plato de comida y eran cuatro, lo tiraba a la cancha para que todos pudieran comer. “Era cargoso, gediento, te abrazaba, te jodía, pero no era malo”. Lo dice mostrando la remera con la foto de Federico y el reclamo de justicia estampado sobre el pecho.

La familia denuncia abandono de persona. “Que esté en situación de calle no te da derecho a hacerle esto a nadie. Es un ser humano igual que todos”, dice José Luis. Los vecinos coinciden: Federico era respetuoso, agradecido, solidario. 

Gabriela Pizarro, su cuñada, se encontró con un operativo policial días después y creyó que estaban haciendo pericias. No era así. Un agente le confesó al oído: “A tu familiar lo llaman ‘fisura’, por eso no se mueven ni les importa resolver el caso. Andá directo a la fiscalía”. Dicho y hecho: la comisaría 4ta de José León Suárez no había tomado la denuncia, pese a que la familia acudió tres veces en una misma semana.

La causa está en la UFI Nº1. No hubo pericias en la escena, las cámaras no fueron requeridas, la autopsia se realizó seis días después y aún hoy no hay resultados. “Si hubiesen trabajado desde el principio, ya sabríamos algo”, dice José Luis. “Pero si no tenés plata ni un abogado caro, la justicia no se mueve”.

Mientras habla, aprieta la mandíbula, se agarra la cabeza y dice:
“¿Por qué tanta maldad?”

La violencia que avanza y el miedo a la costumbre

En el barrio cuentan que no fue un caso aislado: en esas semanas quemaron a otros dos hombres; a uno, los pies; al otro, la mitad del cuerpo. Ellos sobrevivieron. Federico no. “Lo que nos falta es acostumbrarnos”, dice Gabriela, horrorizada.

En Villa Hidalgo están acostumbrados a los tiros, a las peleas, a las puñaladas. Pero nunca a esto. “Es una bestialidad. No se le hace ni a un animal”, asegura el Chino. “No me puedo imaginar todo el sufrimiento que vivió mi hermano”.

“Si la justicia no se mueve nos tenemos que mover nosotros, voy a cortar el Buen Ayre, Sarratea y todo lo que haga falta para que nos escuchen”.Gabriela recuerda la promesa que le hizo el día del entierro:
“Voy a buscar la justicia que te merecés. Hoy fue él, mañana puede ser cualquiera”.

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