SILLAS VACÍAS EN LAS FIESTAS: FAMILIAS DE SAN MARTÍN EXIGIERON EL FIN DE LA VIOLENCIA EN SUS BARRIOS
Hay al menos 38 muertes contabilizadas hasta el último día del 2025, todas relacionadas con violencia…
Mujeres descendientes de personas que fueron esclavizadas y traídas de África antes de la conformación de este país como lo conocemos hoy, cuentan de qué se trata la tarea de nombrar aquello que el Estado, que decidió blanquizar nuestra identidad nacional, invisibilizó y los manuales de historia callaron. Acerca de ser mujeres afrodescendientes y reivindicar a sus antepasados que construyeron los cimientos de nuestra patria, es este relato.
“(…) Es primavera, aquí y allá.
Aquí en Sudamérica, y allá en la lejana cercana áfrica negra.
Es primavera y todo reverdece: se rehace, multiplica y rebrota.
Todo fluye.
Todo fluye apropiándose del sentido, y dejando al descubierto del canto ancestral del que espera. Del que ha llegado.”
Fragmento de “África negra”, poema publicado en “Hermanas”, por la editorial Legüera Cartonera y la Casa de la Cultura Indo-Afro-Americana “Mario López”.
Lucía Dominga Molina Sandez lee un poema luego de dar una charla en vivo por el perfil de Facebook de la Biblioteca del Congreso. Es fundadora de la Casa de la Cultura Indo-Afro-Americana “Mario López”, de Santa Fe, y activista por los derechos de afrodescendientes. Se la puede ver sentada frente a la pantalla: cabello blanco, tez morena y vestuario azul. María Elena Lamadrid, presidenta y referenta de la Asociación Misibamba Comunidad Afroargentina de Buenos Aires, aparece en otro cuadrado de la transmisión en vivo. Es difícil que la calidez de sus sonrisas entre en el encuadre y prevalezca a la extrañeza de las nuevas tecnologías, pero lo logran. Un cuadrado más grande aún las contiene a ambas, que están casi tocándose en la pantalla, a pesar de que una está en Santa Fe y la otra en La Matanza, pleno conurbano bonaerense.

Acto seguido, María Elena comienza a cantar. La canción es un candombe afroporteño. “El primero que escuché en mi casa”, explica la intérprete. “Mamita querés que baile/permiso voy a pedir,/que estamos en una fiesta/y nos vamos a divertir”. Lucía tararea, mueve sus hombros de manera circular, a ritmo, aunque haya delay entre una y otra. La presentadora sonríe y aplaude. La última frase de la estrofa se repite, se repite, y se vuelve a repetir. Lucía responde haciendo coros, y están en una fiesta, celebrando, bailando con su gente; aunque permanecen sentadas frente a una máquina.
En la misma pantalla por distinta plataforma, poco tiempo después, van a aparecer María Gabriela Pérez (50), periodista, artista plástica, militante de DDHH de Afrodescendientes e integrante de Misibamba, y Jessica Salinas Lamadrid (36), aproximadamente sexta generación descendiente de africanes esclavizades, enfermera y militante de la Asociación Misibamba.
Entonces: Lucía Dominga Molina Sandez, María Elena Lamadrid, Jessica Salinas Lamadrid, María Gabriela “Maga” Pérez. Todas ellas están unidas: son mujeres que comparten militancia en organizaciones. Son afrodescendientes. Son afroargentinas. Forman parte de la Red Federal Afroargentina del Tronco Colonial “Tambor Abuelo”.
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No se cumplieron dos meses de la aún naciente cuarentena estricta cuando nos enteramos del crimen del afroestadounidense George Floyd en Minneapolis, en manos de efectivos policiales. Blancos todos ellos. No sorprende. El agente Derek Chauvin le aprisionó la cabeza con la rodilla durante 8 minutos y 46 segundos. Nos impacta. Antes lo habían esposado y ubicado boca abajo sobre el pavimento. Hasta que llegó la ambulancia, Chauvin no le sacó la pierna de la cabeza, a pesar de los ruegos de Floyd y todas las personas que miraban el hecho y lo transmitían por Facebook Live.
¿El motivo? No hay motivo, el racismo es un modus operandi en sí mismo, arraigado mundialmente. Parece una frase de manual. Sin embargo, nadie se hace cargo del racismo. Nadie cree ser racista, siempre es el otro. Los cuadraditos de las vidrieras redsocialísticas se comienzan a poner negros y la leyenda que acompaña -después del hashtag- intenta gritar que las vidas negras importan: #BlackLivesMatter.
El impacto del eslogan en una virtualidad exacerbada por el confinamiento es inmenso. Un consenso bastante extendido para la conflictividad social argentina y todas sus brechas: artistas, doña Norma, personalidades de la TV y la farándula, usuarios de variados perfiles, influencers. Y hace ruido, porque una discusión muy profunda está a la vuelta de la esquina: en Argentina el racismo no sólo existe sino que es estructural.
“Primero fue para una cuestión comunitaria, de nosotres, que necesitábamos contar esta historia. Pero moviéndonos y asistiendo a colegios nos dimos cuenta que iba mucho más allá. Porque no es la historia de nosotres, de les negres, de les esclavizades. Es la historia argentina, y todes deberíamos conocerla, identificarnos y sentirnos orgulloses. La invisibilización sistemática, estructural e institucional duele”, cuenta a Zorzal diario Jessica Lamadrid.

Jessica dice que ser negrx en argentina es, en primer lugar, sufrir constantemente racismo en el colegio, cuando sos niño. Y siendo más grande, la extranjerización. Porque poseer características físicas que den cuenta de esa negritud hace que se los trate de extranjeros, se les cuestione la procedencia. Y hace que se encuentren justificando ante cualquier persona cómo es que no son brasileños o uruguayos, como si fuera poco creíble que sean de acá. “Y terminás entendiendo que esto pasa porque hay una gran omisión en la historia, que viene de hace siglos. Y es institucional. Es difícil creer que existan descendientes de esclavizados cuando sólo se los nombra para contar que en 1810 vendían mazamorra y eran felices. Y después de ese período, no aparecen más en la historia”, dice Jessica.
Entonces vuelve a repasar esa historia, porque de nombrar todas las veces que sea necesario se trata este ejercicio que emprendieron hace ya trece años con Misibamba. Hay tres raíces fundantes de la identidad nacional: los pueblos originarios, que estaban acá. Los europeos, que vinieron en los barcos por su voluntad (que es bastante diferente a la historia de los migrantes involuntarios o personas esclavizadas), y las personas esclavizadas traídas de África en contra de su voluntad, antes incluso de que este territorio se constituyera como Estado-Nación. Son tres raíces potentes, igualmente válidas, “y no es justo que se visibilice sólo la europea, o se sienta orgullo sólo de ella. Y el resto sea negado”, agrega Jess.
“¡Negra candombera!” le gritaban en la calle a Maga Pérez desde muy pequeña. Como si fuera gravísimo eso que decían. La agredían. Y a ella, siendo niña aún, se le venía encima un mundo ajeno que la paralizaba. “Una vez que se lo planteo a mi mamá ella me dice: ‘¿Y nosotros qué somos? ¿no somos negros acaso? ¿y no nos encanta juntarnos, bailar candombe, hacer cultura? Bueno, entonces el problema es del otro.’ En mi familia siempre se habló de quiénes somos, más allá de que fenotípicamente es evidente: me miro en un espejo y qué más voy a pensar, si soy negra. Pero igual, te tienen que educar para ser una mujer negra. Porque esa marca desde afuera es constante.”
Con la Asociación Misibamba vienen realizando desde el 2008 la tarea de contar la historia de sus antepasados, que es una parte fundante de la historia de todes nosotres que nos fue negada. Comenzaron con un grupo de divulgación de candombre afroporteño y luego se dieron cuenta que faltaba el contexto: el qué y cómo. Ese legado cultural despertaba la curiosidad de quienes escuchaban, muchos incluso eran jóvenes que habían sufrido discriminación por su origen y no lo habían podido poner en palabras aún. Entonces comenzaron a ir a colegios, universidades, institutos de formación docente “donde nos inviten y abran la puerta”, a voluntad, a visibilizar y debatir. Hoy esa es “la base de nuestra militancia”, dice Maga, “y ésta información provoca un gran descubrimiento desde las personas que la reciben.”
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Hace poco más de un mes, durante un acto oficial de camaradería con el presidente de España, Alberto Fernández dijo en una frase que los argentinos descendemos de los barcos que vinieron de Europa. La frase desató una serie de críticas, burlas y repercusiones de todo tipo. Luego se disculpó a medias, aclaró el malentendido. Lo que tal vez no termine de entender es la profundidad de las heridas que remueve que un presidente de la nación en el año 2021 sostenga, con mucho de torpeza pero también de responsabilidad, ese relato. El racismo estructural tiene que ver también con esos relatos fundantes, que son violentos porque se construyen a partir de la negación. Y entonces, de algún modo avalan la violencia sobre ese “otre”, que no se reconoce como hermane.
“Estos dichos de que los argentinos descendemos de los barcos, o que aquí no hay negros, tienen que ver con los efectos de ese proceso: arraigarse a una parte y negar la otra. Y es real que la gente dice estas cosas, son realidades para elles. Pero no son verdades”, desarrolla Maga. “Nuestra militancia histórica de estas raíces -continúa- va de la mano con la identidad que van construyendo las personas que de repente se encuentran con este relato, y ponen de manifiesto preguntas que tal vez hace mucho se hacían internamente: por qué soy morocho, por qué pasaba tal o cual cosa en mi familia, por qué mi árbol genealógico tiene partes que no se conocen, o está cortado. Estas historias contribuyen mucho a ese encuentro de una identidad que de otro modo nadie sabría que tiene, o quisiera tener.”

“Por más que fuimos al colegio y nos hayan dado historia, de esto no se habla. Hay un montón de historias que tienen que ver con nuestra identidad que quedan a la mitad porque no se está contando el gran legado social, político, cultural y económico que ha dejado la africanidad en nuestro territorio. Hablamos de un grupo humano que fue violentado y forzado a venir a América, mucho antes de la independencia o de que el pueblo quiera saber de qué se trata. Junto a los pueblos originarios que estaban acá, también invisibilizados en ese relato del ‘Descubrimiento de América’. Estamos hablando de historias negadas, porque se ha privilegiado una raíz a las demás. Y esas son decisiones políticas tajantes: cuáles iban a ser las bases fundantes de la nación. Qué iba a ser reconocido y qué despreciado”, explica Maga. Entonces, constituye un acto profundamente político ponerle nombre.
Afrodescendiente es el término que viene a poner presencia a esta historia. Porque para entenderla hay que pensar en términos de raíz. “Así como las personas hacen el ejercicio de identificar si en su árbol genealógico hay familiares de diversas procedencias europeas, y se dicen descendientes de ellas, nosotres buscamos que ese mismo reconocimiento se haga con lo afro. Y saber que si tenemos al menos un familiar de origen africano, somos afrodescendientes. Y que la melanina, el color de la piel, no sea necesaria para que eso suceda.”
En 1778, los “negros, mulatos, pardos y zambos” libres y esclavizados eran el 37 % de la población. Así lo indica un censo realizado en el Virreinato (citado por el INADI), que además arroja números altísimos de población africana y afrodescendiente, particularmente en algunas zonas: 54% en Santiago del Estero, 52% en Catamarca, 46% en Salta, 44% en Córdoba y 28% en la Ciudad de Buenos Aires. En los sucesivos censos, el número fue descendiendo progresivamente. Cincuenta años bastaron para borrar esta raíz de los porcentajes: es que entre 1830 y 1887, los censos no registraron preguntas sobre la procedencia étnica de la población. Lo que no se nombra no existe. ¿Lo que no se nombra no existe?
Por eso, otra pata fundamental del trabajo de reconocimiento es disputando la construcción de los censos poblacionales, necesarios para volver a rastrear esa raíz. Porque la conformación de la argentina afro es muy heterogénea y data de varias etapas de migraciones forzadas: la Caboverdeana entre los siglos XIX y XX, la afrolatinoamericana luego de los ’80 y la de africanos a partir de los ´90. Pero si no se reconoce institucionalmente a quienes construyeron este país desde sus cimientos, cómo se va a lograr que se reconozcan a quienes vinieron después. El censo es una de las claves para que ese mismo Estado que desconoció estas poblaciones, lo haga, y se puedan generar políticas públicas transformadoras. En el censo del año 2010 se incluyó por primera vez la pregunta sobre afrodescendencia, pero sólo en el 10% de los formularios. Entonces la realidad que arrojó fue inacabada.
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Jessica Salinas Lamadrid está sentada en una de las salas de la Cámara de Diputados. María Remedios del Valle, “la Capitana”, mirará desde entonces el recinto desde una de las paredes. Son vísperas del 9 de Julio de este año y faltan algunas semanas para que se celebre el Día de las Mujeres y Diversidades Negras y Afrodescendientes, Afrolatinas, Afrocaribeñas y de la Diáspora, el 25 de Julio. La madre de la patria es la primera mujer afro que obtendrá el reconocimiento de portar su rostro en ese lugar. Tuvo que ser herida de bala, tomada por prisionera, batallar en el Alto Perú y esperar algunos siglos para llegar ahí.
Jessica toma el micrófono en nombre de Misibamba, y dice: “Esto es importante para que en los actos escolares del 25 de Mayo les afrodescendientes no ocupen solo el rol de vendedores de mazamorra o velas, como si sólo hubieran tenido ese papel en la construcción del País. Y que a partir del 9 de Julio de 1816 ni aparezcan, haciéndonos creer que la fiebre amarilla o ser la primer línea en la guerras de la independencia hubieran terminado con ellos”. También dice que no hay reparación histórica real sin un censo que refleje la realidad cuantitativa de la comunidad afrodescendiente y plurinacionalidad que somos, y políticas públicas a la altura. “Somos muches los descendientes de su maravilloso quilombo, de nuestros ancestros y ancestras aprendimos a resistir”.
“Una vez un hermano afrouruguayo dijo: ‘Nosotros somos sobrevivientes de gente ganadora’. No hablaba de éxito en términos capitalistas, sino en pensar en todas las vicisitudes que les tuvieron que ganar nuestros ancestros en 400 años de esclavitud, y de tiranía sobre África y sus descendientes, para que nosotres estemos acá. Este genocidio aún no está reconocido por ningún organismo oficial de peso, y eso también es racismo”, afirma Maga, y habla también de cómo, aún habiéndoles quitado la libertad y habiendo sido alejades de su vida, siguieron haciendo cultura, siguieron luchando y transmitiendo su historia.

Disputar ese relato es lo que hacen en cada visita que realizan a espacios educativos, donde a veces los mismos grupos más grandes de primaria que recibieron la charla años anteriores son quienes la dan el siguiente año a los más chicos. Muchas veces los familiares de esos niñes, muches de diversas etnias, las presencian como invitades. Y esa huella es imborrable. “Y si alguna vez un niñe de la familia tiene el pelo mota, se va a saber que hay un antepasado en ese árbol haciéndose presente. Y ese niñe algún día podrá vestirse de María Remedios del Valle o Bernardo Monteagudo: no tendrá que ser una dama con una peineta para sentirse importante”, concluye Jess.
*Este artículo fue escrito en lenguaje inclusivo para visibilizar la diversidad y amplitud de identidades, y respetar el modo en que su contenido fue expresado*