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Un combatiente de los identificados en Malvinas era de San Martín

Sergio Giuseppetti tenía 20 años en 1982 cuando fue convocado para hacer el servicio militar, vivía en San Martín con sus padres y su hermana menor, y estaba haciendo el curso de ingreso para la carrera de biología en la Facultad de Ciencias Exactas.

Como conscripto, pasó tres meses de instrucción inicial en el Centro de Formación de Infantería de Marina en Pereyra Iraola. De ahí lo trasladaron a la ciudad de La Plata y luego a un destacamento en Punta Alta, pegado al puerto de Bahía Blanca.

Junto a otros cinco conscriptos, Sergio integró una batería de comando que improvisó una trinchera en Monte Longdon. Hasta allí llevó sus primeros libros universitarios, convencido de que podría estudiarlos en algún tiempo libre.

Cuando se cumplieron los 30 años de la guerra, su hermana Paola brindó una entrevista y contó cómo fue que se enteraron de su partida a las islas. “Sergio tenía que venir de visita para Semana Santa y le cancelaron el franco sin dar explicaciones. Cuando llamamos por teléfono, nos informaron que lo habían enviado de comisión al Sur, nada más. Cuando (Leopoldo Fortunato) Galtieri anunció en Plaza de Mayo que habían recuperado la soberanía de las islas, nos dimos cuenta de lo que estaba pasando realmente”, contó a Espectadores.

“Sergio se crió en un hogar de clase media baja con un pasar digno gracias al esfuerzo de sus padres. Lo recuerdo como predestinado a estar en el lugar equivocado”, dijo. El joven cursaba un secundario industrial, que duraba seis años en lugar de cinco, así que pidió una prórroga cuando lo sortearon para la colimba: nació el 2 de septiembre de 1961 pero terminó como conscripto clase 62. Después, con el título de Técnico Mecánico en Máquinas y Herramientas bajo el brazo, se anotó en la facultad de Ciencias Exactas para ingresar a la carrera de Biología. Paola también contó que “Sólo tuvo una novia en una rápida y fugaz relación… En la colimba, lo pasó mal desde el principio: él era cero violencia; ni el fútbol le gustaba”.

Tardó mucho en llegar una notificación formal respecto de su fallecimiento, incluso después de la rendición. “Al principio nos llegaban cartas bien redactadas, donde nos contaba dónde estaba, para qué lo habían enviado. Nos tranquilizaba, nos aseguraba que pronto terminaría todo y que nos reuniríamos otra vez. Con el tiempo los envíos fueron espaciándose y los textos se hicieron más escuetos primero y desesperantes después. Él no lo decía, pero por la gran lista de cosas que pedía (comida, frazadas, cigarrillos, etc), nos dábamos cuenta de que estaban muertos de hambre, frío y miedo. Suena cruel pero creo que intuían su destino de abandono en un monte helado. Lo único en común entre las cartas iniciales y las últimas era el cierre ‘Viva la Patria’. Se notaba que lo obligaban a escribirlo”, lamentó.

Recién después de casi cuatro meses, llegó a su casa una comisión oficial como ésas que muestran las películas, aunque en vez de una bandera trajeron la gorra del uniforme del soldado caído. Paola, que entonces tenía 8 años, recuerda con cariño al barrio y a su escuela, que la contuvo y la acompañó ante tamaño desamparo por parte del Estado.

Por Vanina Pasik.

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