Los permisos que habilitan el cultivo y comercialización de genéticas registradas en el Instituto Nacional de…
Varones de éxito, mujeres santas
Los casos de Nahir Galarza y los jugadores de Boca acusados de abuso dejaron mucha tela para cortar. ¿Hace falta ser una santa para denunciar violencia machista? ¿Hay amor si hay dominación? Si una mujer dice que sí, ¿ya no puede decir que no? ¿Qué pasa cuando el denunciado es un ídolo del fútbol? Varias cuestiones no dichas sobre estos dos casos que ocuparon miles de horas radiales y televisivas.
Nahir Galarza no es la víctima del homicidio, pero su belleza de 19 años resultó la elegida para nombrar el caso. “El tratamiento de los medios pone el foco en su vida, sus fotos… banalizar los chats no hace más que sacar el foco de lo relevante: preguntarse por qué se produce la violencia. Así se minimizan las problemáticas de género”, advierte la psicopedagoga diplomada en políticas de Género, y vecina de San Andrés, Marcela García.
Más allá del lógico reclamo por que haya Justicia para el joven Fernando Pastoriza, “la notoriedad del caso está vinculado a la discusión de si la violencia de género tiene una especificidad o si en realidad es una forma más de violencia general que caracterizaría a nuestras sociedades. Los medios de comunicación intentan construir una visión de que la violencia no sólo es contra las mujeres”, agrega la profesora de la Universidad de San Martín, Ariadna Abritta.
Mujeres de armas tomar
García reflexiona sobre el uso de un arma de fuego: “Ella toma elementos de poder que le juegan totalmente en contra, siente que los usa para la defensa. Pone en juego el estereotipo de mujer esperado, que debe ser delicada”. La joven accede a un arma, elemento de poder que nos permite corregir, castigar o infundir miedo hacia otro, un poder de dominación, como si no hubiera otra forma de estar segura. “Hay una idea del hombre armado como garante de seguridad. Pero, ¿por qué los integrantes de fuerzas de seguridad pueden tener 24 horas el arma, incluso cuando están fuera de servicio? Esto aumenta los riesgos de que existan muertes, y el Estado no hace ningún tipo de seguimiento”.
Existe un traspaso del conocimiento del poder de padre a hija: “Se observa una disponibilidad de ella a cómo son los tratamientos judiciales, policiales, y el acceso al arma. Por lo que se conoce a través de los medios, de conversaciones con el muchacho, ella tenía conocimiento de qué podía hacer o no para no ser agarrada”, dice Abritta, respecto de la joven que además es una estudiante de Derecho. “Tener el acceso a armas es un agravante de riesgo, porque sabés que puede ser una salida mucho más cruenta en las víctimas de violencia de género”, remarca García.
Romance y dominación
El mito del amor romántico es una construcción ideal de las relaciones que esconde dependencia y control sobre el otro. “El amor romántico genera la idea de que el otro es tuyo, la disponibilidad de ese otro según las necesidades, y en diversas formas: de su cuerpo, sus tiempos, sus redes de contacto. A lo largo de la historia y según lo que vende el mercado son las mujeres quienes quedan a disposición”, dice Abritta.
García señala que detrás de frases como “juntos para toda la vida”, se repite un esquema, con rigideces, y se legitima “una imposibilidad de tolerar a otro que quiere otra cosa”.
El derecho a la joda
Los jugadores de Boca Edwin Cardona y Wilmar Barrios, fueron acusados por agresiones y violencia. El banquillo de los acusados por los medios de comunicación, una vez más, estuvo preparado para las mujeres denunciantes. En vez de poner el foco en si existe consenso de las mujeres para participar de ciertas situaciones o no, se busca que primero pasen la prueba de la legitimidad con un cotillón de prejuicios:se preguntan si trabajan y cómo se ganan la vida, cuestionan si les gusta gozar de su cuerpo o participar de fiestas.
“La discusión sigue siendo en relación al límite, qué significa el ‘no’”, dice Ariadna Abritta, mientras que Marcela García acota que “la joda no implica que toleres lo que sea. Hay una subordinación tan fuerte que no se puede ver. El consentimiento tiene que ser constante”.
Huevo, huevo, huevo
Las mujeres no sólo somos minoría en cuanto a presencia en tribunas y canchas, sino también en lo simbólico: la cuestión de género está presente en cada cántico contra el rival, o en el insulto a un jugador que no pone lo necesario. El macho debe demostrar su hombría diferenciándose de lo femenino. En la cultura del aguante, los colores se defienden con “huevos”.
Se idolatra al jugador que trabe con la cabeza, se tire con todo a los pies, que se la aguante. Se alejan del fair play para sumarse a la cultura del éxito a toda costa, en una demostración de bilardismo al palo: ganar o ganar. ¿Esta cultura potencia la construcción machista en sus vínculos familiares, del barrio?
Dice Abritta: “la idea de que una cosa es la figura pública y otra la persona en su ámbito privado, es como decir que los trapitos sucios se lavan en casa. Como si las personalidades se pudieran escindir y no afectara una a otra. Esto trae muchas discusiones en términos éticos, profesionales, morales”.
Es ahí donde aparece la mujer cosificada, como una “cosa” a la que tienen disponibilidad cuando quieren y como quieren: “parte de la cultura del aguante tiene que ver con plantear que dentro del ámbito futbolero existen otros códigos, que el estar con ’botineras’ es lo que hace a la vida de los jugadores, por lo que se les permite ciertas licencias”.
Denunciar a un ídolo
La figura del ídolo tiene un poder que se suma al que ya existe por cuestiones culturales de cualquier hombre sobre una mujer. Denunciarlos por violencia de género es enfrentar a una gran estructura, que ha invertido en la construcción de esos machos. El beneficio de la duda y todos los medios de protección se ponen a disposición del jugador.
Ese que alimenta pasiones, no puede ser parte de una problemática social, porque se ponen en riesgo los valores futboleros. Marcela Garcia se pregunta “¿Qué nos pasa con los ídolos? ¿Qué les toleramos? ¿Hasta dónde? El ídolo tiene un contexto, la violencia también. Se plantea que la violencia tiene que ser privada, no puede pasar a lo publico, porque sino aparece la responsabilidad de hacer algo. Ahí viene ese pacto de machos”.
Este, además, es un pacto de machos privilegiados, justificados por la defensa de los colores de la camiseta, ¿0 es que la defensa al violento no es más que la defensa a una identidad generada por el fútbol, un colectivo que debe ser fuerte, estar unido para conseguir resultados? Herir el orgullo del fútbol es cuestionar un rol privilegiado, es cuestionar los colores. Todos son clubes sociales que día a día educan a miles de pibes -y pibas- en una estructura patriarcal y machista.
No hace falta ser santas
Si algo tienen en común ambos casos es que se corren de foco el debate de la violencia de género y el rol de las mujeres. El minuto a minuto con las intimidades de las protagonistas rinde más que abrir un debate social, que arriesgue lugares de privilegio.
Nunca debería tratarse de sacralizar una imagen de mujer pura, no violenta. El foco es que existe un sistema patriarcal, donde la dominación es legitimada con artilugios discursivos, simbólicos, materiales. Todos los casos merecen ser analizado bajo la lupa del patriarcado: también las mujeres asesinas.
Por Mayra Llopis Montaña


