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Villa Maipú-Malvinas: “Mi hermano no fue un héroe, fue un mártir”

“Llegué a la tumba de Sergio y me salió la madre de adentro. Toqué las letras para secar el rocío de la placa y estaba helado. Le hablé al pibe y le dije: ‘estás helado’. Y sí. Así se murió, helado, abandonado”, dice Paola Giuseppetti a Zorzal Diario, recién llegada del viaje a Malvinas junto a familiares de otros 89 soldados que estuvieron 35 años enterrados como NN.

Para Paola era importante que la placa tuviera su nombre, como un reconocimiento a él, que cualquiera que pase sepa que es Sergio Giuseppetti el que está ahí. También poder saber qué fue lo que pasó, que su cuerpo estuvo ahí todos estos años. Remarca que para una madre nada es suficiente, y que cuando aterrizaron en Ezeiza, después del viaje que fue agotador en todos sentido, su mamá se puso a llorar de nuevo y le dijo: “Al final me volví con las manos vacías”.

Fueron dos horas de vuelo y 40 minutos, que compartieron en dos aviones  con 245 personas más, entre familiares, periodistas y la comisión organizadora. Todas personas con realidades muy diferentes, aunque “la guerra nos iguala a todos”, aclara Paola. Su mamá hizo un esfuerzo enorme, y apoyada en el bastón, pudo ver la tumba de su hijo.

Los hermanos y el resto de los familiares caminaban entre las cruces de Darwin, miraban el contexto. Las madres se quedaban quietas, cada una en su lugar: todo el tiempo cerca de sus hijos. “Gracias a Dios el clima acompañó”, suspira Paola, porque casi no había viento, y el sol brillaba.

“Nosotros llegamos a la base militar de Mount Passant. No podés sacar fotos, tenés que tener una conducta rigurosa. No hay hostilidad, es excelente el trato: como dicéndote ‘te tratamos lo mejor posible, pero esta es nuestra casa’. Los que ya habían estado hace casi 10 años, decían que la base había crecido casi tres veces más”, relata.

Los familiares no pasaron por Puerto Argentino, donde están los kelpers, que desarrollan allí su pequeña economía, sin ser ciudadanos ingleses. Cuando te sellan el pasaporte no dice “Reino Unido”, es una colonia, tiene esa categoría.

Desde la base militar los pasajeros de los dos aviones fueron trasladados en combis hasta el cementerio de Darwin. Paola muestra un video que registró con su celular. Al fondo se ve una línea ondulada que son los montes, donde estaban los soldados argentinos apostados. “Entre ellos Monte Longdon, donde murió mi hermano”, dice Paola.

De las 121 tumbas sin nombre que había originalmente en Darwin, se identificaron a 90 cuyas familias accedieron a dar una muestra. El proyecto empezó en 2014, pero recién el año pasado los Giuseppetti se sumaron.

Me dijeron que estaba el Equipo Argentino de Antropología Forense, que es el mismo que se dedica a la búsqueda  de los NN de la dictadura. Pregunté quien participaba desde el gobierno, por parte del Estado, y me dijeron que esto se hace a través de la Secretaría de Derechos Humanos. Yo fui a dejar la muestra en la ex ESMA. Me pareció que era como dicen ellos: ‘un proyecto humanitario´”, cuenta Paola.

El trabajo de campo lo hicieron en las Malvinas entre julio y agosto, los meses más fríos, porque fue la fecha que les dieron. Una vez que exhumaron todo, pudieron recoger las muestras, volvieron a sepultar a cada uno donde estaba, y después cotejaron las muestras en Córdoba, y en otros dos países.

A los meses, su mamá, que tiene 86 años, también accedió a dar la muestra, y fueron a extraerla a su casa. Hace cuatro años que el equipo venía trabajando: han ido a Chaco, a Corrientes, a lugares donde debieron explicar las posibilidades a familias con dificultades socio económicas enormes, que no han podido aprender a escribir ni a leer, y que encima ya son muy mayores: la guerra fue hace 36 años.

DARWIN

No hay nada alrededor de las cruces que identifican a los caídos argentinos. Los kelpers tienen otro cementerio, donde están los caídos británicos, que son 14. Cada uno de los familiares ya tenía un mapita con la ubicación de la propia cruz. Se los habían entregado en diciembre, en una entrevista en la ex ESMA, cuando les informaban los resultados de los análisis.

“A mi me dieron pertenencias. Lo encontraron vestido, con botas, con chaqueta, camiseta, calzoncillo largo, todo el equipo militar. En una bolsa, que dice Monte Longdon”. Fue la batalla más cruenta, que se extendió entre la noche del 11 y la madrugada del 12 de junio, y se saldó con la victoria de las tropas birtánicas.

-¿Podrían haberlos reconocido?

– Y, vaya a saber el estado en que los encontraron. Ahora el equipo de forenses, con la tecnología que llevaron, a cada uno lo pasaron por un escáner. A mi hermano le detectaron en el bolsillo del pantalón una billetera de plástico, y ahí adentro estaba su cédula, la que deba antes la policía,  la cédula de la armada, una carta de mi mamá, una carta de la madrina de él, un giro postal que mi mamá le había mandado a Bahía Blanca, porque él la Colimba la hizo ahí, porque era infante de marina. Se ve que no lo llegó a cobrar, o que lo habrá dejado para cobrarlo a la vuelta, y la chapa de soldado, perfectamente legible. Todas esas cosas las tengo yo. Mi mamá no las vio.

¿Por qué no se las le mostrás?

-Yo soy el filtro de mi mamá. Porque vos llegás y es un reconocimiento que a vos como familia te da un derecho. Yo quería una placa con el nombre de él, no sólo para saber yo que él está ahí, sino que para cualquier otra persona que vaya sepa que en ese lugar está él. Como un reconocimiento hacia él, más que nada. Uno tiene ese resarcimiento, porque sabíamos que había muerto en Monte Longdon pero no sabíamos en realidad cómo era el destino, si estaba y se había quedado. Si había caído una bomba y el pibe había volado por los aires. No lo sabía. En cambio ahora sabemos: un cuerpo entero, que estuvo 35 años enterrado siempre en Darwin, que tuvo una sepultura digna. Son cosas que uno suma. Como hermano, como hijo, como esposa, como padre te da como una compensación. Ahora, como madre, no hay nada que te alcance.

-No hay consuelo.

-Yo llegué ahí primero como hermana, pero yo también soy madre, y tengo un varón (de 17 y una nena de 15). Nosotras aterrizamos en Ezeiza, y con el cansancio que teníamos, se largó a llorar otra vez, y me dice: “Al final hicimos tanto viaje y yo me vuelvo con las manos vacías”.

-Es cierto.

– Yo la traté de animar: Por lo menos vos ahora te sacás la duda, ves que el chico estuvo siempre ahí- porque sigue siendo “el chico”-, que no está perdido en otro lado, que tuvo una sepultura digna. Te tiene que cerrar. Dicen que “Saber sirve para sanar”. Pero no. A ellas, a las madres, no se les cierra más. Y eso vos lo notabas. Las madres llegaban y se quedaban ahí, frente a sus hijos, quietas. Los otros caminábamos, íbamos, mirábamos. Ellos hicieron una especie de guardia de honor, con un gaitero. Es emocionante. Yo estaba sentada, y escuchaba, no me di vuelta ni a mirar. Escuché un comentario que se quejaba porque “acá el protagonismo al final es de los ingleses”. Y sí. Porque es la casa de ellos, y te están recibiendo bien, con todos los honores. Te emociona. Pero es como que te tenés que limitar. Porque en realidad te ponés a mirar y decís: todo por esto, que no hay nada.

Geoffrey Cardoso, es el militar inglés que viajó en la comitiva, que fue el responsable de armar el primer cementerio de Darwin. En realidad él había viajado para hacer un trabajo de posguerra con las tropas británicas, para ayudarlos psíquicamente, para evaluar quién se quedaba de servicio, quién volvía. También mandaron equipos a levantar los campos minados -que todavía quedan, rodeados por cercos-, y en esas recorridas, cuando empezó a derretirse la nieve, fueron encontrando soldados argentinos. Él fue el responsable de que en la tumba de Sergio, en la bolsa, estuviera rotulado el nombre del lugar donde lo encontraron. Paola compara este trabajo con la situación de los chicos que volvieron de la guerra, en una situación “paupérrima”, sin asistencia de ningún tipo y con dificultades enormes para reinsertarse en algún tipo de actividad laboral, o al menos social.

“Para nosotros no es un héroe, es un mártir”

Cuando partió a Bahía Blanca como conscripto “la pasó mal”, resume su hermana menor.  Sergio nació en 1961, y cuando salió sorteado para hacer el Servicio Militar Obligatorio pidió una prórroga de un año para poder terminar de cursar sus estudios en una escuela técnica de Chacarita. “Era como que no quería perder tiempo, y ya estaba haciendo el ingreso para Ciencias Exactas, para Biología”.

Un día les avisó que lo trasladaban al Sur, y cuando Galtieri anunció la guerra debieron interpretar lo que pasaba con Sergio. La primeras cartas que llegaron a Villa Maipú buscaban tranquilizarlos, tenían la letra prolija, pero en las últimas, un mes después, apenas decía hola y había un listado de cosas que necesitaba: comida, cigarrillos, chocolate, abrigo. Después las cartas dejaron de venir. “Para nosotros él no es un héroe, él es un mártir. Porque el pibe no quería estar ahí, en el servicio militar la pasaba mal. No se adaptó jamás, un pibe que no iba a la cancha, que no jugaba a la pelota. No le interesaba”.

A modo de ejemplo, cuenta que cuando él era chico lo mandaron a preparase para tomar la primera comunión y siempre se escapaba de la casa de la catequista, que vivía a la vuelta. La mamá se cansó y  le dijo que si no quería que no lo hiciera, que tomara la comunión cuando él lo sintiera. Y un  día franco cuando estaba en Bahía Blanca llegó a casa con un certificado, que había hecho catequesis, y él solo tomó la comunión.

-¿Por qué lo habrá hecho?

-Porque tenía una necesidad de contención espiritual, porque la pasaba mal. Venía a casa y decía que no veía la hora de terminar, no se hallaba, no se encontraba en su realidad. ¿Qué gesta histórica era para él?

-Y en el contexto de una dictadura militar.

Exactamente. Muchas veces la gente se olvida de eso y hay que recordar eso a cada momento.

HACER SOBERANÍA

-¿Cuál es tu balance de la guerra?

-El día del viaje yo puse una foto en Instagram y puse la ubicación, la instantánea, y decía “Darwin, Falklands”. Una amiga me empezó a pedir por Whatsapp que lo cambie, que le iba a dar un paro al corazón… Bueno, le digo, ya lo cambio. Busqué cómo hacerlo manualmente, y le dije, te soy sincera, lo cambio por vos, porque a mi el rótulo, la denominación no me cambia. La presidenta de la comisión de familiares, que es la hermana de uno de los caídos, dijo algo que es cierto: lo único que hay de soberanía por ahora en las islas, es la sangre de esos chicos. Hay tanto en este país como para “hacer soberanía”.

-¿Hay cuestiones contradictorias?

-Me parece que ya se entendió que no es el método. Te dicen: “son imperialistas, están ahí por plata, porque les conviene, están militarizados”. Y sí, es eso. Allá, cuando estás llegando, desde el avión ves desde el aire lucecitas como si fueran rayitas, y son los barcos pesqueros. Todo esto se financió con plata privada, de Eurnekian. Un representante de Aeropuertos 2000 contaba que esos que veíamos uno al lado del otro estaban pescando en aguas nuestras, con permiso, sin permiso. Si querés seguir haciendo soberanía, hay un montón de agujeros para hacerlo.

-¿Qué opinión te merecen estas cuestiones?

-Escuché a alguien decir que para lograr la identificación de los NN la argentina tuvo que ceder derechos de pesca. Yo no sé si es así. Puede ser. Pero a mi no me hace la diferencia. Acá la negociación es para ceder, no se puede exigir nada. Y yo fui al viaje porque para mi es como me lo plantearon: un proyecto humanitario. No me siento culpable, no debo nada.

Fotos: Gustavo Pantano

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