Texto por Mariano Montenegro
Fotos por Ariel Esposito y Leo González
La calle Alberdi
Caminar por la calle Alberdi al cuatro mil siempre tuvo, para muchos de nosotros, un inconfundible sabor a casa. Desde aquel noviembre de 2014, cuando abrió sus puertas, el club de la música demostró ser mucho más que un espacio para pasar el rato.
Se erigió como nuestro faro cultural, el punto de encuentro de nuestra generación y un hogar para la comunidad artística de San Martín. Hoy, la noticia de su cierre físico nos sacude. Pero detrás de la angustia colectiva hay una historia inmensa de resistencia y un futuro que nos exige acompañar más que nunca.



Ahí donde pisamos las Malvinas, donde tocamos nosotros y nuestros amigos, donde se hizo esa muestra de fotos, esa obra de teatro, esa proyección, esa perfo, ese festival. ¿Cuánta cultura pasó por el Club? ¿Cuántos artistas? ¿Cuántas veces fuimos? ¿Cuántas veces fue el búnker donde se tejieron planes que nos hicieron felices? Lo importante, lo verdaderamente trascendente es eso que aunque quisiéramos, no podemos contar.
La decisión de cerrar no fue un impulso, sino el corolario doloroso de una crisis económica que asfixia. En una charla profunda, Blas Bonardi y Lucas el Chango’ Morelli, » le pusieron cuerpo y palabras al desgarro que significa soltar el espacio físico. «No es solamente físico y emocional, ya tiene que ver con salud mental y con sentir que es inviable el proyecto», confiesa Blas, resumiendo el peso de sostener una estructura cómo el Club en la Argentina de hoy.
Los números son crueles y hablan por sí solos: arrastran una deuda de 15 millones de pesos, producto de una caída estrepitosa en las ventas y tarifazos letales, como una boleta de servicio eléctrico que pasó de setecientos mil a tres millones y medio de pesos, desestabilizando cualquier previsión. «La realidad de este último año fue: bueno, suponemos que vamos a tener este piso de ventas, este piso de consumo… y ningún supuesto se cumplió», lamentan.
A esto se le suma el cambio en las posibilidades de la gente. «El consumo de ocio es el tercer cordón en donde vos destinas la plata», explica el Chango. «Primero tienes que pagar el alquiler, tienes que morfar, tienes que viajar: lo básico. Y después si podes, si te queda un mango, te tomás una birra. Esa gente viene acá a tomarse una birra, pero nosotros con una birra no podemos sostenerlo».
La carga se volvió demasiado pesada. A la gestión del espacio, se le suman las 8 horas diarias que tienen que destinar a sus otros empleos para llegar a fin de mes, terminando sus jornadas a altas horas de la noche con la cabeza quemada. «Todos los días, porque vos mirás para atrás y decís: esto me está llevando por delante», relata uno de ellos. «Es el sufrimiento de estar con esto encima, a cuestas en la espalda, nosotros dos, todos los chicos y de estar todas las semanas, todos los días pensando: che, bueno, y hoy y esta vez, a quién no le pagamos?».



Pero el Club de la Música jamás fue un negocio; siempre fue una trinchera construida a pulmón. Arrancó hace doce años como el sueño de un grupo de jóvenes que querían un lugar digno para tocar. Literalmente, soldaron mesas y sillas con sus manos: «Compramos una soldadora, yo no sabía, nunca lo había hecho… pasaron dos meses y había 16 sillas», recuerdan sobre los inicios de las mesas del patio.
Su premisa inquebrantable siempre fue el respeto al músico como trabajador y sus puertas totalmente abiertas a los artistas de San Martín. La curaduría de las fechas siempre fue tan profesional, tan cuidada, que lograron albergar a todo el amplio espectro de géneros musicales sin que desentone con la identidad del proyecto. Gracias a ese espíritu, trajeron bandas y artistas al conurbano que sólo podían escucharse en CABA compartiendo el escenario y las fechas con nuestros artistas locales. Ese talento y profesionalismo generaron un semillero y un mestizaje inigualables.
Sin electoralismos berretas, el proyecto siempre tuvo una posición política clara: apostar por la comunidad que lo rodea. Quizás la experiencia más visible en ese sentido es la Escuela Popular de Música (EPM), que le permitió a un montón de jóvenes y pibas, todos de los barrios populares de San Martín, formarse musicalmente en el Club. Una iniciativa que arrancó en 2018 y hoy continúa formando a los jóvenes artistas de nuestros barrios.
El club es su gente
Ellos abrieron las puertas y la comunidad entró y se apropió. Convirtieron esa casa vieja de la calle Alberdi en uno de los hitos culturales más importantes de los últimos años en la zona norte y oeste del conurbano bonaerense.
Es un sentido de pertenencia tan fuerte que se materializó de forma épica durante su décimo aniversario. Cuando armaron el festejo en la calle Esmeralda, cerca de las vías del tren de Villa Ballester, lograron reunir a más de 3.000 personas.
Además, ese logro mostró la conexión con la comunidad. No hizo falta traer a una banda de renombre nacional para convocar a esa multitud. Ese día quedó claro que la gente iba porque, sencillamente, «tocaba el club».

Hoy, la confirmación del cierre para después del 15 de noviembre —fecha en la que celebrarán su cumpleaños número doce— ha movilizado a toda la comunidad. «Se armó un grupo comando del club, vinieron los históricos a hacer trinchera», cuentan emocionados. Sin embargo, la nostalgia en redes sociales no alcanza para pagar las deudas. Por eso, el llamado a la comunidad del diario El Zorzal y de todo San Martín tiene que ser concreto, necesitamos reventar de amigos el Club de la Música en estos meses que quedan.
«La manera de ayudar son estas concretas: vení al club de acá hasta que cierre, todo lo que puedas. Y si tienes un manguito y querés aportarlo, acá está el alias», piden con la humildad de quienes dieron todo. Cada consumición, cada entrada pagada, cada noche compartida en el patio ayuda a que quienes arrancaron y sostuvieron durante los últimos 12 años esta gesta cultural puedan cerrar esta etapa «lo menos rotos posible».
La angustia que nos invade hoy debe transformarse en combustible para acompañarlos. Sin embargo, la casa de Alberdi 4449 cerrará sus puertas; el Club no muere. El club es mucho más grande que nosotros. Es un ente que agrupa un montón de experiencias, dice Blas emocionado. El equipo de más de veinte personas que hoy sigue sosteniendo las fechas y los streamings tiene en claro que esto es solo una etapa. Vamos a seguir generando cultura; buscaremos las maneras de hacerlo. No tendremos el espacio físico, pero vamos a seguir haciendo porque nos gusta y nos moviliza. Porque este proyecto trascendió el lugar físico y hoy está presente en miles y miles de artistas y vecinos.
A vos, que pasaste por el Club, que lo disfrutaste, que tocaste, bailaste y cantaste en esta casa que ya no tiene apellido porque es de todos, es momento de acercarse. Es AHORA. Por esa banda que durante estos 12 años te abrió las puertas de su casa. Vamos a abrazarlos. Festejemos. Digamos GRACIAS. Démosle a este espacio la despedida que merece, con la certeza absoluta de que, cómo dice Blas, el Club de la Música, esa comunidad que creció dentro de esos patios, fue, es y seguirá siendo inevitable.

