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Día de lucha contra la violencia institucional: “De los fusilados que viven” a la “Masacre de Carcova”, acumulación social de la violencia institucional

Por José Garriga Zucal y Evangelina Caravaca – Núcleo de estudios sobre violencias – Escuela IDAES

Cada 8 de mayo cabe poner en palabras una historia larga sobre aquello que llamamos violencia institucional. El 8 de mayo de 1987 mientras caía el sol en Ingeniero Budge, partido de Lomas de Zamora, tres jóvenes – Agustín Olivera (26 años), Oscar Aredes (19) y Roberto Argañaraz (24) –  toman una cerveza en una esquina cercana al Riachuelo. Momentos después son fusilados por tres policías.

Lo que hoy conocemos y recordamos como “La masacre de Ingeniero Budge”  significó con el tiempo un parteaguas: inició un proceso de movilización y repudio – inédito en ese entonces – para visibilizar y denunciar las violencias de Estado en democracia. Y en este movimiento, o como producto de, se abrió el juego a nuevos vocablos como “gatillo fácil”.

Lo que Budge nos venía a decir, y también a incomodar, tiene que ver justamente con aquellas otras violencias y prácticas que permanecieron, más o menos visibles, post dictadura. A diferencia de lo ocurrido en el marco de la última dictadura militar, diremos que estas violencias acontecen sin un plan sistemático. Sin embargo, hay recurrencias, los depositarios más recurrentes de estas violencias son los jóvenes de sectores populares. 

De Budge a José León Suárez hay unos 30 kilómetros, aproximadamente. Una distancia que se acorta si pensamos en las masacres que, como en Budge, han marcado las formas en que el territorio de San Martín piensa, lucha y narra las violencias institucionales.

Reciente y resonante: la “Masacre de Carcova” (2011), donde fueron asesinados Mauricio Ramos y Franco Almirón y gravemente herido Joaquín Romero. Otras históricas y acaso originarias como las que rodean los fusilamientos en José León Suárez ocurridos una noche fría de junio de 1956.

Y, en esta larga historia de la categoría violencia institucional en general y en San Martín en particular  Mauricio Ramos y Franco Almirón fusilados por la bonaerense el 3 de febrero 2011 se conectan con Livraga, Giunta y los otros asesinados por los militares aquella noche helada de 1956.

Claro que los contextos que rodean sus muertes son distintos (una dictadura militar que mantenía al partido político mayoritario proscripto no es comparable con el escenario democrático y de estabilidad político y social de 2011). Aún así, creemos que estas muertes y lo que ellas implican para el territorio de San Martín se imbrican profundamente en la historia local de las violencias.

Pero, parafraseando a Walsh, hay fusilados que viven. Julio Troxler (asesinado posteriormente  en 1974 por la Triple A) y Joaquín Romero son ejemplos que dan cuenta de la acumulación social de la violencia institucional en sus vidas en particular y en San Martín en general. Lo micro y lo macro se entrecruzan en estos cuerpos al punto de fundirse: puestos a morir, no sólo viven sino que fueron carne y emblema de estas violencias.

De Budge a Carcova y de allí a los basurales de José León Suarez ida y vuelta. Pensar estas violencias supone también seguir su derrotero, sus “nombres” y sus disputas.  Y si bien la historia de la categoría violencia institucional resulta relativamente corta como noción socialmente problematizada despliega al mismo tiempo una extensa “historia” local y nacional. Ni Budge fue el primer gatillo fácil ni Cárcova la última masacre que recordemos localmente. La historia local de la categoría, su acumulación, la sobrepasa.

Finalmente, a 35 años de los sucesos de la Masacre de Budge,  cabe poner en palabras la historia de larga duración de una categoría. Y en ella, dar cuenta de esta acumulación de violencias institucionales que tejen una historia de violencias pero también una historia de organización barrial, memoria y resistencia.

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