Una tarde tan fría y gris como últimamente es el paisaje de Buenos Aires, en este otoño eterno, donde las hojas se deshacen junto a nuestra realidad material —o más bien, como decía Francisco, donde la realidad supera a la idea—, fuimos en busca de una voz sensible, un corazón de muchas musicalidades.
Viajamos casi dos horas para conocer a Martín Beckerman, percusionista, integrante de la banda de Milo J y percusionista de Duratierra. El Martín que esta cronista había conocido de adolescente era jipi, rockero, folklorista y murguero. El que conoció Zorzal Diario hace poco más de quince días era, además, un soñador de tantos cielos.
Ciertamente ya pasaron bastantes días desde aquella visita. En el medio hubo un Ni Una Menos y también nos dejó el Indio. Así que todas las palabras se volvieron difíciles. Pero en el dolor hay canciones. Y como esta cronista es fiel creyente de que nada es solamente lo que ven nuestros ojos, sino más bien lo que ritualiza nuestra alma, tal vez todo esté relacionado. En fin.
Su historia con la música empezó mucho antes de los escenarios masivos. Creció en una casa donde la música ya estaba presente y, más tarde, ingresó al Conservatorio Juan Pedro Esnaola. Recuerda esa escuela como un espacio lleno de personas con inquietudes artísticas. Todavía puede señalar un momento preciso: el día que vio tocar al ensamble de percusión y decidió que quería estar ahí.

Foto: Ariel Esposito
En aquel ensamble aprendió algo que sigue apareciendo en cada una de sus experiencias: la responsabilidad colectiva. Llegar antes porque el instrumento había que armarlo. Entender que un ensayo no empieza cuando suena la primera nota, sino mucho antes. Organizar eventos, gestionar producciones, hacerse cargo de que las cosas sucedan.
Quizás por eso la docencia aparece como una extensión natural de su trabajo como músico. Aunque nunca ejerció dentro de la educación formal, enseñar siempre ocupó un lugar central en su vida. Le gusta compartir herramientas, encontrar la manera de desarmar un conocimiento en pasos simples. Pero también le interesa algo menos visible: observar cómo los grupos construyen vínculos, amistades y una potencia colectiva que excede cualquier técnica.
La murga
Cuentan algunas historias antiguas que, a veces, los espíritus de los caminos llaman a las personas para que encuentren su propio destino. La imagen de la espiritualidad de la murga aparece en Martín como una revelación. Relata sus experiencias murgueras casi como quien observa un trance o una gesta ancestral.
“Cuando entré me pasó que encontré un mundo espectacular, un desarrollo en el bombo con platillo increíble, y cosas que tocaban fibras profundas en mí pero que no conocía. Empecé a entender que la murga es el soundtrack del verano. Esa fue mi primera salida de murga, en Quitapenas”.
Pero para Martín la murga también es otra cosa: una red comunitaria. Un espacio de contención, formación y organización que muchas veces permanece invisible para quienes la observan desde afuera. Por eso insiste tanto en la necesidad de producir conocimiento desde adentro.

Foto: Ariel Esposito
Nos relata cómo investigadores llegan para registrar y estudiar la murga porteña. No reniega de esos trabajos, pero advierte un riesgo: cuando los registros los hacen otros, inevitablemente quedan afuera experiencias, códigos y convivencias que para quienes habitan ese universo resultan fundamentales.
Martín cree que los propios murgueros deben registrar sus repertorios, documentar sus historias y producir conocimiento sobre sus prácticas. No por un gesto de clausura, sino porque la cultura popular necesita construir memoria para sobrevivir.
“Si no hay registro, las canciones quedan solamente en quienes estuvieron ahí”.
La preocupación excede a la murga. Habla de una época donde parece instalarse la idea de que nada de lo nuestro tiene valor. De una pérdida de pertenencia que avanza silenciosamente. Frente a eso, propone el trabajo paciente de documentar, archivar y transmitir.
El folklore
Cuando empezó a tocar con Duratierra también ocurrió algo mágico: los escuchó y, seis meses después, ya estaba tocando con ellos.
“Me cambiaron la perspectiva de la música. Para mí había dos caminos: dar clases o subirme a tocar a un barco”.
Tomó clases de bombo con Nico, el baterista, oriundo de Pergamino, cuyo primer instrumento fue el bombo legüero.
“Me mostró música que yo no conocía y formas de entender el folklore que desconocía”.
Además, encontró en él un espacio de escucha y hermandad, un convite necesario para seguir aprendiendo.
Aprendió que el folklore no es una sola cosa. Que conviven tradiciones, industrias culturales, proyectos comunitarios, medios locales y búsquedas artísticas. Que la identidad siempre está en discusión y que la cultura permanece viva.

Foto: Ariel Esposito
El Tiny, un delirio
La historia parece inventada: dos intentos fallidos, una tormenta histórica de nieve en Estados Unidos, vuelos reprogramados y una mezcla de ansiedad y superstición que acompañó a toda la banda hasta llegar finalmente a Washington.
Todo sucedió en apenas veinticuatro horas. Ensayaron, grabaron y volvieron.
Pero la dimensión real de lo ocurrido apareció meses después, cuando el video salió al mundo.
Martín recuerda especialmente algo que le llamó la atención: la gente escuchando.
Sin celulares. Sin pantallas. Simplemente escuchando.
Sin embargo, lejos de cualquier épica individual, él insiste en otra idea. Sigue siendo la misma persona. Sigue yendo a los mismos lugares. Sigue encontrando felicidad en las mismas cosas. Por eso no sorprende que, para aquella grabación, haya elegido llevar una remera de Los Gardelitos.
Una declaración de pertenencia.
Los Gardelitos habían sido una de sus primeras experiencias de mística popular cuando todavía estaba en séptimo grado. Ferro, la multitud, el rock barrial, la comunidad construida alrededor de las canciones. Años después volvió a encontrarse con esa música y con las ideas que circulaban alrededor de ella.
Porque, en el fondo, todo parece formar parte de una misma búsqueda.
La murga. El folklore. El rock. La docencia. Las canciones.
Formas distintas de construir comunidad.
Antes de despedirnos, Martín vuelve sobre una idea que atraviesa toda la charla.
“La música, el arte y el folklore tienen carga de política, de ancestralidad, de formas de construir. Definitivamente, eso va a ser lo más trascendental”.
Quizás por eso, en tiempos donde tantas cosas parecen romperse, siguen siendo un refugio.

