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“No es querer pertenecer, es ganar el lugar que nos deben”
La Escuela Popular de Música (EPM) tuvo su segunda presentación de fin de año en el Club de la Música el domingo pasado. Hubo feria, shows y mucha fiesta.
La EPM nació en 2019, ese año también tuvo su primera muestra. Es un espacio de aprendizaje y compañerismo en el que chicos y chicas de los barrios Independencia, Lanzone, Libertador, Curita y Cárcova aprenden sobre música, rap, canto, percusión y, sobre todo, a perder sus miedos.
“La EPM es una formación artístico-musical, para que sepan aplicar las técnicas que les damos no sólo arriba del escenario sino para la vida”, se sincera Santiago Magliocco, profesor de canto rap de la escuela. Y también asegura que la EPM es “más que una escuela de música, es una familia, es un lugar de encuentro, es encontrarnos a través del arte y de la música”.
Hay veintiséis chicos y chicas en la Escuela Popular de Música. El domingo por la tarde, junto a sus profesores, podían ser diferenciados por las remeras negras que llevaban el logo de la escuela en el frente, mientras iban y venían por el Club de la Música saludando a sus familiares y amigos mientras terminaban de preparar el escenario principal.
La muestra comenzó cerca de las 18 horas. Al entrar al Club, en el patio delantero, había una pequeña feria, ya ahí se comenzaba a respirar el aire de festejo.

Las paredes del pasillo interior del Club estaban repletas de fotos de los y las profesoras junto a sus alumnos y alumnas durante las clases y también en el campamento que tuvieron este año. Frente a las fotos, en una de las paredes un cartel rezaba: “La EPM anda diciendo” y alrededor podían leerse los mensajes de los y las alumnas de la escuela: “La única traba que tuve fue la vergüenza y ya se me fue”, “Lo que más me gusta es el ambiente y el compañerismo”. Vergüenza, eso es lo que más pierden les pibis cuando comienzan a ir a la escuela.
“La EPM es una familia, de eso se trata”, comenta Magalí Ciongo, una de las operadoras que forma parte de la Escuela desde que inició en 2019. En ese momento las clases las daban en el Club de la Música, pero con la llegada del Coronavirus la dinámica tuvo que cambiar.
Durante el 2020 las clases se dieron por zoom o a través de videos que los y las profes mandaban, pero igual no era lo mismo. “Nos costó mucho en la pandemia, nos costó remontarla porque muchos pibes estaban como desmotivados, también por toda la carga de la escuela secundaria y nos costaba que se quieran conectar. Entonces fuimos formando redes, si algún chico o alguna chica no tenía un instrumento se lo llevábamos a la casa para que, por lo menos, pudiera practicar desde ahí”, cuenta Maga.
Este año, cuando los espacios comenzaron a abrir desde la EPM decidieron empezar a dar clases presenciales en El Campito, en Lanzone. De a grupos chicos, con cinco o seis personas volvieron a reunirse de a poco.
“La EPM la forman varias organizaciones: Puntos de Encuentro, América Mestiza y el Club de la Música. Puntos de Encuentro funciona en Lanzone, en El Campito y es un espacio que es nuestro también. Empezamos ahí porque es cerca del barrio, muchos de los pibes viven ahí y no estaba el tema de que se tengan que trasladar hasta acá en bondi o tren y al ser grupitos más chicos nos permitía ir rotando. Así que empezamos ahí de a poco, muchos de los pibes que están hoy acá empezaron en el campito”, explica Magalí Ciongo.
La Escuela Popular de Música tiene tres grupos: Canto rap, percusión y armonía. Carolina Lagarone es una de las profesoras de percusión y para ella este proyecto es “un desafío muy hermoso”. Caro toca la batucada desde los quince años. Este fue su primer año en la Escuela, nunca les había dado clases a adolescentes, pero ella afirma que en el proceso de enseñanza son los mismos profesores los que aprenden día a día: “Yo nunca había tocado una conga y aprendí. Es muy hermoso, aprendemos nosotros y también siento que es devolverles un poco a los pibes del barrio lo que se merecen”.
Cerca de las 20.30 horas el Club ya estaba repleto de familias y jóvenes que iban de un lado para el otro esperando el inicio de los shows.
En la sala principal, al fondo estaba la cabina del sonidista, en el medio estaban dispuestas casi cincuenta sillas y frente a ellas el escenario que sería, junto con les profesores y les alumnes el actor principal de la noche. Allí arriba podía leerse un cartel: “No es querer pertenecer, es ganar el lugar que nos deben”, rezaba.
Cuando los y las chicas comenzaron a ir de vuelta a las clases presenciales comenzaron a hacerlo en caravanas. “Se empiezan a crear esas grupalidades de pibes que se conocen en la EPM y se dan cuenta que viven en el mismo barrio o van a la misma escuela y es re lindo porque muestra el crecimiento de ellos mismos también, de que empiezan a abrirse y que tienen en la EPM un lugar de pertenencia”, afirma Caro. Y Santi a su lado agrega que: “En todas las áreas nos enfocamos en el crecimiento de les chiques en lo musical pero también en lo personal”.
La Escuela busca llevar esa música que existe en el área Reconquista a los pibes del barrio y a Ballester. Es un proyecto que todavía está creciendo, pandemia de por medio. Manuel Arturo, uno de los iniciadores del proyecto asegura que la EPM es “un proyecto que se fue dando porque los pibes se acercaron y le fueron dando forma a la propuesta. La escuela termina siendo un espacio donde los pibes se pueden encontrar con otros pibes y donde afloran un montón de cosas. Las camadas que van llegando nos marcan el camino, son los pibes los que marcan para donde va el proyecto”.




