Por Violeta Houlton y Tiago Aranguren
Cada 20 de agosto, desde hace más de 25 años, devotos de San La Muerte llegan hasta su santuario en Alejandro Korn desde Chaco, Corrientes, Santa Fe y diferentes localidades de la provincia de Buenos Aires.

Ramón Sotelo tiene 70 años y es devoto desde hace dos décadas. Este año sufrió un ACV, pero volvió, como todos los años, vestido con su poncho rojo. Angelica, de 37 años, trae a toda su familia. Brisa y Brandon Acosta, de 16 y 11, vienen desde González Catán y conocen el santuario desde muy chicos: su pedido es que San La Muerte los cuide y los proteja, de la cuna hasta el cajón.




El chamamé predomina en el galpón principal hasta que irrumpen Los Pibes Chorros entre fuegos de artificio y el teclado de Ariel el Traidor. La banda de cumbia, que lleva la figura de San La Muerte como bandera desde sus inicios, toca para gauchos y rochos. El show duró media hora, pero siguió la bailanta al ritmo del chamamé.

“San la Muerte es la persona que viene y se lleva nuestra alma cuando Dios dice ‘basta, hasta acá llegaste”. Así describe Enzo a su santo. Llegó solo desde Rafael Calzada alrededor de las doce y media del mediodía. Es el único devoto de su familia y vuelve para agradecerle que le haya permitido vivir un 20 de agosto más, pero principalmente pide por salud y por las personas que se encuentran en situación de calle.




En otro sector del santuario, los devotos hacen fila para recibir las bendiciones de Alejandro y Mariana. Para ellos no hay pedidos más o menos importantes y lo explica con una pregunta y su respuesta: “¿Quién está peor, una niña de nueve años con cierta enfermedad o una chica a la que sus compañeros maltratan? La segunda puede tirarse debajo de un tren, mientras que la otra tiene un problema médico”. Según Alejandro, el sufrimiento no puede medirse desde afuera. Por eso, las bendiciones son iguales para todos.

Afuera, su tocayo tatúa sin cobrar un peso. Alejandro ofrece un catálogo de imágenes del santo que los devotos pueden llevar en su piel: tatuaje a la carta. Entre tantos regresos, una mujer encuentra algo que reconoce. Es un vaso que había dejado como ofrenda tres años atrás y que todavía permanece en el santuario. Lo mira sorprendida. “Es una bendición, es hermoso”, dice. Al igual que para Enzo, para ella también “El Santo” es todo.

