Por Ayelén Granero (Cholita Urbana)
Un país entero detiene su marcha, abandona por un momento sus urgencias y se reúne. Se encienden velas, se hacen promesas, se besan estampitas. Las casas se llenan de humo, de nervios y de esperanza. Es algo que ocurre cada cuatro años y nadie puede explicar.
Somos de la Virgen y de la Pachamama. De Evita y de Perón. Del gaucho Rivero, que en 1833 encabezó la resistencia contra la ocupación británica de las Islas Malvinas. De los pibes de Malvinas, que jamás olvidaremos, y que se hicieron presentes en este mundial.
Es el país que en 1816 rompió las cadenas de la Corona española y que, más de un siglo después, con Perón y Evita, puso el pan sobre la mesa de millones.
Allá en 1947, cuando España atravesaba el aislamiento internacional posterior a la Guerra Civil, Argentina decidió tender una mano
Tras la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas promovieron su aislamiento diplomático y muchos países retiraron a sus embajadores de Madrid. Mientras España sufría el hambre, Argentina votó contra el aislamiento, mantuvo las relaciones diplomáticas y envió barcos cargados de trigo para auxiliar al pueblo español.
Desde EEUU se interpretó aquella decisión como un respaldo a Franco y una provocación a las Naciones que buscaban la paz. Perón respondió: «Ayudar a los pueblos en su desgracia es un acto de amor, no una provocación.» Y agregó: «Seguiremos tendiendo nuestra mano solidaria a España, como a todo pueblo que la necesite, independientemente de las circunstancias y de las potencias que se erigen en paladines de la democracia. Las mismas que hasta ayer solo vieron en España desgarrada, un campo propicio para experimentar sus fuerzas de destrucción”.
Cuando Evita llegó a España, habló ante toda la península: «En el trigo que con tanto amor cultivaron los descamisados de mi pueblo, les traigo el mensaje de amor, de solidaridad y de hermandad. Sepan que, mientras en nuestros trigales haya una espiga, esa espiga será compartida con ustedes. En España no habrá ningún hogar sin pan, ningún niño sin leche. Solamente viviendo y sufriendo con los pueblos, cualquiera sea su color, su credo o su raza, se podrá realizar la enorme tarea de construir la justicia que nos lleve a la paz.»
Al despedirse, dijo que dejaba una parte de su corazón en España: en los obreros madrileños, en las cigarreras sevillanas, en los agricultores, pescadores y trabajadores de cada rincón de la península. Y afirmó que valía la pena consumir la vida en nombre de la solidaridad si el fruto era la felicidad de los pueblos y la paz del mundo. Setenta y nueve años después, muchos han olvidado esa historia.
Han olvidado que, cuando otros levantaban muros, hubo quienes eligieron compartir el pan. Argentina está hecha de solidaridad, misticismo, de cultura, de mestizaje, de indios, de negros y de migrantes: Pocos pueden decir lo mismo.
Andamos a cuatro patas, viendo si alcanza el mango o si va a haber que patear la bocha para llegar a fin de mes. Todo el día con la pelotita. No tuvimos colectivos paralelos, ni tuvimos que ir a otro país a robar riquezas, ni reducir poblaciones, ni esterilizar mujeres.
Nuestra Scaloneta, alguna vez fueron otros vecinos del barrio que aguantaron el hambre a mate. Somos los que antiguamente escribieron su historia con sangre. Es tarea recordar quiénes somos cuando todo lo demás parece derrumbarse. No te lo podemos explicar, porque no vas a entender.

