El proyecto de ley “Inviolabilidad de la propiedad privada” es la frutilla de un postre que vienen preparando desde los comienzos de la gestión libertaria. A medida que nos adentramos en el último tercio del mandato, podemos dar cuenta que ya no hay disimulos para encubrir algo que se ve a las claras: no les importa nada de la Argentina. Absolutamente nada.
La bandera de “Las Malvinas son argentinas”, levantada por los jugadores en la semifinal del mundial, contra Inglaterra y en Estados Unidos, reavivó un sentimiento que parecía dormido. Desde aquel día, en que levantaron el trapo, blanco, con letras negras, pintado a las apuradas, con el mensaje claro y directo, el oficialismo consideró que no era un buen momento y decidió demorar el tratamiento del proyecto hasta el 6 de agosto. Creyó, iluso, que el sentimiento se debía solamente a la efervescencia futbolera y se aplacaría al finalizar la competencia.
Lejos de calmarse el reclamo por la soberanía, fue en aumento. “Inviolabilidad de la propiedad privada”: si la propiedad privada ya se encuentra resguardada por la Constitución Nacional, ¿qué busca verdaderamente el gobierno con este proyecto? Durante las semanas siguientes, ya finalizado el mundial, las intenciones de fondo de una ley, cuyo nombre es más bien un eufemismo que una propuesta novedosa, quedaron al descubierto.

Sin dudas, el gobierno de Javier Milei, demostró, a primera vista, otra pésima lectura del ánimo social. Pero también cabe preguntarse: ¿es una lectura equivocada o es lisa y llanamente que no le importa el ánimo social, que los intereses a los que responden no son los de la mayoría de las y los argentinos que dijeron a toda voz “la patria no se vende”, sino que responden, también, lisa y llanamente, a intereses foráneos?
La ley es un iceberg: bajo la superficie se esconden los oscuros deseos de facilitarles, a cuanto multimillonario, corporaciones transnacionales, y demás depredadores quieran, la adquisición de nuestros recursos naturales. No es solo tierra. Se podrían comprar cursos de agua, humedales, acuíferos, montañas con minerales críticos, tierras raras, posiciones estratégicas. Y la cosa no acaba ahí, porque la ley también pretende acelerar desalojos (mayor desamparo para inquilinos en una creciente crisis económica), permitir negociados en tierras incendiadas (sabemos que muchos fuegos son provocados intencionalmente), dificultar la expropiación de propiedades con el fin y la necesidad de construir infraestructura pública (quédese tranquilo vecino, vecina, nadie le expropiaría su casa para hacer una ruta o un hospital). Ante este panorama, la ciudadanía comienza a preguntarse ¿y esto en qué nos beneficia? ¿o nada más están vendiendo el país? ¿y si el gobierno, elegido por la vía democrática, actúa deliberadamente contra los intereses nacionales? ¿no es eso lo que sucede con este proyecto de ley? ¿no es eso lo que pretenden? Porque si no es así, ¿qué es?

Y estas preguntas pueden encontrar respuesta en la feroz represión desatada a quienes pedían (y ordenaban, porque el pueblo debe ordenarles a sus dirigentes) no vender la patria. Un hombre, frente a las cámaras de televisión, dijo: “cada gas que tiran es una jubilación”. Es que no es solo el reclamo de soberanía, no es solo la defensa del territorio nacional (bastante bastardeado ya), es también el cúmulo de políticas sociales y económicas que castigan duro y parejo a la gran mayoría: jubilados, discapacitados, docentes, estudiantes, médicos, científicos, obreros, pymes, trabajadores informales, dos, tres trabajos mal pagos para afrontar aumento de tarifas en las casas y en el transporte, comedores populares sin comida, y la lista continúa.
Más allá de la media sanción conseguida por el oficialismo – y aliados – (37 votos a favor, 33 en contra, 0 abstenciones) en el Senado de la Nación, lo importante, lo imprescindible, es el grito que empezó en la semifinal del mundial y caló profundo, uniéndose a otros reclamos y otras injusticias. No sé si algo se despierta, pero si podemos decir que todavía nos corre sangre por las venas, que no les puede resultar tan fácil vender todo y que no todo está a la venta. Fue un triunfo pírrico del gobierno (tuvo que dejar afuera los capítulos sobre el manejo del fuego y extranjerización de la tierra), y una derrota de la calle, pequeña, digna de orgullo, sin el sabor amargo de los doblegados.

